ROSA TOWNSEND: El emperador en su laberinto (Obama)

Para entender el mundo de Obama hay que mirar a su media naranja política, confidente y cancerbera, conocida en círculos de Washington como “Rasputín”. Nada ocurre en la Casa Blanca, en Estados Unidos o en el planeta sin que el presidente reciba el consejo y aquiescencia de Valerie Jarrett, una vieja amiga de la época de Chicago.

Al verdadero Rasputín, el ruso, se le achaca que la desmedida y perniciosa influencia que ejerció sobre el zar Nicolás II acabó aislando a éste de la realidad, forzando su renuncia en 1917. Durante su reinado, señalan los historiadores, la Rusia Imperial pasó de ser uno de los grandes poderes mundiales al colapso total, militar y económico.
Nuestra rasputina nació hace justo hoy 58 años en Irán, es soltera, abogada, dedicada en cuerpo y alma a los Obama, Michele incluida. Y desde hace 20 años el poder en la sombra de Barack. Fue Valerie la impulsora de su meteórica carrera política y la que le estimula su ya legendario ego, a niveles patológicos. Vean por ejemplo cómo le describió en una entrevista con el editor de The New Yorker: “Creo que Barack sabía que los talentos que Dios le había dado son extraordinarios. El sabe lo listo que es… nunca nadie le ha desafiado intelectualmente… La mayoría de su vida se la ha pasado aburrido mortalmente, porque tiene demasiado talento para hacer lo que hace la gente ordinaria”.
En otras palabras un semidiós, un mesías al que los humanos comunes deben rendirle culto. Sobre esa premisa se gestó el “fenómeno Obama” de adulación de masas, que dio paso después a una presidencia imperial, con una secta de cortesanos que a todo han dicho “yes”.
Desde un principio el reinado de Obama no ha sido sobre América, ni siquiera sobre el partido demócrata, sino sobre él y su magia política. Aladino en la Casa Blanca. Sobrado de talento, ideas y carisma ¿para qué se iba a molestar en relacionarse con congresistas, ni siquiera con los demócratas? Se hubiera “muerto de aburrimiento”, como ha explicado Valerie. Tales encuentros son cosas que hace la “gente ordinaria”.
En el grupo de los “ordinarios” de la historia figurarían entre otros Bill Clinton y Ronald Reagan, ambos proclives a resolver diferencias políticas con amistosos contactos personales, nacional e internacionalmente. Y en distinta medida también lo han hecho el resto de los presidentes. Porque forma parte de la teatralidad de gobernar EEUU.
El papel protagonizado por Obama es muy distinto, un cruce entre el soliloquio del Hamlet de Shakespeare y el de la fábula de Andersen en la que nadie se atreve a decirle al emperador que está desnudo.
En Washington nadie se ha atrevido realmente a decirle al presidente las verdades que debería oír: que tal o cual política es contraproducente, que su empecinamiento está polarizando al país, etc. Y a los osados que intentaron advertirle que no tenía el traje presidencial puesto o que debía cambiar de atuendo, Valerie los ha ido apartando. La revista Político ha llegado a acusarla de “aislar intencionadamente al presidente de gente que le puede ayudar o enseñarle algo”.
Así se explica la frustración de entre otros los ex jefes de la CIA y el Pentágono, Bob Gates y Leon Panetta. Pero hay muchos más ejemplos. Los reporteros que hemos cubierto de cerca su campaña hemos visto descreídos la salida o marginación de brillantes consejeros como David Axelrod, Robert Gibbs o Rahm Emanuel. Todos habían chocado con “ella”.
Poco a poco la Oficina Oval se convirtió en una jaula, con un presidente aislado de la realidad, rumiando sus ideas —con frecuencia desacertadas— y escuchando sólo el eco lisonjero de sus súbditos. Sin valiosos consejeros independientes que le desafíen intelectualmente, que le espoleen para que reaccione y salga de su laberinto.
Pero Obama no es una víctima. No. Es el cómplice encantado de su terapeuta política. Ella está ahí porque él la ha contratado, porque como dice The New Republic, “refleja la auténtica versión de sí mismo”.
Frente a ese espejito mágico se hizo añicos el hechizo el 4 de noviembre. Tras seis años de porfiar con la realidad, ésta vino a pisarle los talones en forma de una masacre electoral. ¿La culpa? Naturalmente la tenemos todos menos él, empezando por nosotros, ingrato pueblo que no hemos sabido apreciar sus esfuerzos. Y siguiendo por esas docenas de ingratos candidatos demócratas que se negaron a que hiciera campaña por ellos.
Esta es la historia de cómo el mesías salvador se ha convertido en un paria, repudiado no ya por el electorado sino por su propio partido. La marca Obama se ha vuelto radioactiva. Incluso súbditos leales del West Wing preparan la estampida.
Cuentan fuentes internas que en 1600 Pennsylvania Avenue se respira fatalismo y que el presidente está harto de lo que ha pasado y ansioso por recuperar la relevancia.
Alguien debiera haberse atrevido a advertirle sobre el alto costo de la egolatría y el tribalismo políticos.




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