Las desvergüenzas del acto de repudio


Si los opositores prosiguen atados a estrechos intereses, seguirá malográndose el objetivo de ganarse a la mayoría del pueblo y deslegitimar a la minoría gobernante
Arnaldo M. Fernández, Broward Cuba Encuentro


You gotta keep the devil
way down in the hole
Tom Waits, Way Down In The Hole, 1987
Las Damas de Blanco vienen declinando desde que, abandonada su misión original de abogar en marcha silenciosa por la libertad de sus familiares presos, se volcaron como si nada a la tarea titánica de la transición a la democracia sobre la base de ayuda recibida del exterior.

Así, la misión básica se tornó puramente administrativa: cómo distribuir recursos. Y tenía que caer hasta en actos de repudio por efecto en contexto cubiche de la ley de hierro de la oligarquía, que Robert Michels enunció hacia 1911*.
La cruz de hierro
Esa ley actúa sobre toda la disidencia, oposición o resistencia anticastrista, porque el mecanismo de organización determina sin remedio que todo movimiento político se divida en minoría que dirige a la mayoría y “cada sistema de jefes resulta incompatible con los postulados esenciales de la democracia”.
La disidencia, oposición o resistencia viene arrastrando esa cruz sin percatarse aún de la consecuencia derivada por Giovanni Sartori: “la mayoría desorganizada de la gente políticamente inerte es el árbitro final de la contienda entre las minorías organizadas de gente políticamente activa”.
En buen romance: si los grupos de la disidencia, oposición o resistencia prosiguen atados a sus estrechos intereses por imperativo de cómo conseguir y distribuir fondos, tal como Jonathan Farrar dictaminó en 2009 desde su observatorio en la Oficina de Intereses de EEUU en Cuba, seguirá malográndose el único objetivo políticamente justificado de toda disidencia, oposición o resistencia pacífica o cívica: ganarse a la mayoría del pueblo y deslegitimar a la minoría gobernante.
Las miras hacia fuera
Ese objetivo puede lograrse ya sólo en las elecciones, pero la disidencia, oposición o resistencia viene soslayando por décadas la lucha electoral. Ante la crisis que desató el acto de repudio de cierta facción de las Damas de Blanco contra una de sus fundadoras, como expresión agravada del descontento que condujo antes a la división de jefaturas en La Habana y Santiago de Cuba, las reacciones mediáticas han ido desde guardar silencio hasta embarajar lingüísticamente con que no hubo acto de repudio, sino “disputa interna”, y hay que pasar la página para ir a “la primera oportunidad de la sociedad civil cubana de mostrarse internacionalmente como una alternativa al régimen [en la] Cumbre de las Américas”, como si la única alternativa política no tuviera que demostrarse ya solo en elecciones, empezando por las parciales a celebrar el 19 de abril.
Una “sociedad civil” politizada en el vacío al extremo de aprestarse a meter las narices en asuntos de política exterior del Estado con una tángana más, sin efecto previsible alguno, como todas las anteriores, por no contar con apoyo de masas dentro de la propia sociedad, es otro embeleco vergonzoso, que se suma a discernir entre actos de repudio anticastristas y castristas, porque estos últimos “implican la fuerza y los recursos del Estado, todo el aparato policial y parapolicial, [sin] interlocución inicial [ni] intentos de mediación o apaciguamiento”.
El acto de repudio: vergüenza nacional
Tal diferencia es irrelevante, porque cada bando se vale de lo que tiene. Acto de repudio es caer en pandilla contra el Otro indefenso. Si la facción repudiante de las Damas de Blanco tuviera el poder hubiera echado mano al aparato policial y parapolicial, aplicado la fuerza y recursos del Estado, sin asomo de interlocución, mediación o apaciguamiento, ya que estaría ejerciendo el poder.
Ellas hubieran sido como ellos y ellos son hoy como ellas hubieran sido si tuvieran la sartén del poder político público por el mango. Y es así porque entre cubanos el acto de repudio no viene del castrismo ni tiene inspiración fascista o comunista, sino que emana de ese fenómeno histórico denominado nación cubana.
El primer acto de repudio significativo se dio ya en efigie contra Carlos Manuel de Céspedes, el 27 de octubre de 1873 en Bijagual de Jiguaní, para deponerlo como Presidente de la República en Armas. Lo organizó Salvador Cisneros Betancourt con las tropas de Calixto García como pandilla. Al día siguiente, Céspedes anotó en su diario: “Preparada en secreto, la hicieron pública, teniendo preparada la soldadesca. La pidió [Ramón] Trujillo apoyado por Estrada [Palma]. Se despacharon a gusto con calumnias y falsedades”.
Coda
Ahora llueven los consejos de qué deben hacer las Damas de Blanco, el resto de “la sociedad civil” y el exilio. Para empezar debían leerse otro apunte de Céspedes: “Temo que la ambición se ha despertado en el corazón de los cubanos y que de ella proviene el germen de la discordia que ha de hundirnos en la ruina y el descrédito”.