Los herederos

Anunciado para 2018 su retiro oficial, Raúl Castro está obligado a seleccionar un heredero que responda a sus intereses./DDC
Raúl Castro tiene anunciado su retiro oficial para febrero de 2018, un año y cuatro meses después de las elecciones presidenciales norteamericanas y un año después de que termine el mandato del presidente Barack Obama. Pero al calor de los cambios ocurridos en los últimos meses, esta declaración del actual presidente cubano debería reconsiderarse.
Si la cúpula de poder quiere preservar el status alcanzado con el actual Gobierno de Obama debe esforzarse en "ponérsela fácil" a la próxima administración norteamericana. Raúl debe irse antes, tratar de no ser el gobernante cuando arrecien las campañas presidenciales y los debates entre candidatos en Norteamérica.
Sin embargo, abandonar el trono es muy difícil, más si en el horizonte parece vislumbrarse la primera visita de un presidente norteamericano a Cuba.

Los asesores de Raúl, si es que los tiene, deben insistirle en asumir esta decisión adelantada, porque las condiciones actuales son totalmente diferentes a las de 1980, cuando el presidente Ronald Reagan respetó los acuerdos de Jimmy Carter y mantuvo las secciones de intereses en ambos países y los viajes de "la comunidad" a Cuba.
Raúl puede comenzar un retiro parcial, renunciando a su cargo de primer secretario en el próximo congreso del Partido, en 2016, o al rango de presidente en la próxima sesión de la Asamblea Nacional, a finales de este año.
En ambos casos estará obligado a seleccionar un heredero, nombrar a una persona, un rostro que responda a sus intereses, inclusive con el riesgo de que su hermano mayor interfiera, reflexione y hasta critique.
El único varón
Raúl siempre ha defendido al Partido Comunista como el único heredero posible, al estilo de la Unión Soviética o el PRI mexicano. Pero desde su llegada al poder alterna su discursos partidistas con el otorgamiento de un protagonismo inusual a los miembros de su familia: dos hijos, un nieto y un yerno del General se encuentran apostados en el infield desde hace varios innings y amenazan con robarse el home, al mejor estilo de los Somoza y los Duvalier.
Dentro de todos ellos el coronel Alejandro Castro Espín parece el candidato con mayores posibilidades. Ya cuenta con silla en primera fila del Parlamento, ofrece entrevistas a nivel de mandatario y garantiza su aparición en eventos importantes, como el regreso de los espías y el encuentro de su padre con el presidente Obama.
Recientemente, cuando Raúl se reunió el Papa Francisco, aprovechó el momento para presentarlo ante el mundo como el delfín de los Castros, "su hijo menor", "el único varón"...
Alejandro está siendo sometido a una sobreexposición mediática que puede no estar dando los resultados que esperaban: el candidato luce un disfraz viejo, al estilo del comisario político de los años 70, con "teques" ideológicos en los que acusa a los norteamericanos de toda la debacle cubana y al capitalismo de ser el lobo feroz.
El Coronel parece ignorar que el futuro del país depende de las relaciones comerciales con Estados Unidos y que la mayoría de los cubanos prefieren al presidente Obama antes que a Fidel y Raúl.
Alejandro inspira miedo, encaja mejor como un fanático represor de segunda línea, al estilo Lavrenti Beria o Machado Ventura, que un político a lo Mijaíl Gorbachov o Nikita Jrushov.
Seguro quedará plantado en el Parlamento o el Buró Político, pero más como una amenaza que como legislador. Será el "garganta profunda" de Raúl, el recordatorio de que el General se fue pero sigue al mando.
Es de esperar que una vez sin Raúl, los dirigentes cubanos traten por todos los medios de cerrarle las puertas a Alejandro, evitar que pueda calzarse las botas de dictador y jugar a laBloody Mary del Caribe, émulo de aquella reina demente y vengativa que alguna vez sufrieron los ingleses.
El favorito de los nietos
Raúl Guillermo Rodríguez Castro es la sombra de Raúl, su nieto preferido, un ayudante con tanto poder que no duda en arrebatar de las manos del canciller el teléfono celular de su abuelo en medio de la Cumbre de las Américas, o desatender las indicaciones del general Francis (jefe de la dirección de Seguridad Personal), ante las cámaras de la prensa mundial en pleno Vaticano.
Pero es solo eso, un asistente majadero, el mensajero por "selección divina" que lleva recados y boletas a Fidel,  un tipo sin discurso, alguien que debe eclipsarse junto con su abuelo. Raúl se lo llevará a su retiro y lo volverá incorpóreo con su muerte.
El nieto no llega, no puede, quizás quiera, pero no tiene con qué.
Los hijos de Dalia
En enero de 1959, un Fidel Castro en piyamas aprovechó la primera oportunidad para presentar a su hijo Fidelito, con perro y todo, ante el periodista Edward R Murrow. Veinte años después se negaba a contestar las preguntas que sobre su familia le hiciera Barbara Walters. No existían, era solo él.
Sus hijos debieron esperar por más de 40 años, a que su padre enfermara, para salir en tropel del ostracismo a que estaban condenados y tratar de recuperar el tiempo perdido.
Hoy se les ve metiendo cabeza en el universo de los negocios, cazando contratos de las Grandes Ligas de béisbol, deseando Mc Donald’s en La Habana, buscando socios en terceros países.
Estos nuevos personajes han terminado pareciéndose más a los hijos de Muamar Gadafi y Sadam Hussein que a los descendientes de Kim Il Sung.
Pero no compiten por el trono, Cuba les queda chiquita, quieren el mundo, no la ínsula devastada. Quieren dólares, no diplomas y charreteras.
Jose Raúl "Chapablanca"
A Fidel Castro Díaz-Balart, o Fidelito, le está pasando lo mismo que a muchos príncipes herederos de la historia universal: el regente, (su tío Raúl), le está usurpando el trono para favorecer a los suyos.
Fidelito se paseó en un jeep descapotado por toda La Habana para recordar el 50 aniversario de la entrada triunfal de Fidel en 1959. Ese show lejos de acercarle al sitial lo alejó más, aquella barba y aquel uniforme olían a "Periodo Especial", a desastre económico y  al descalabro social que impuso su padre con mano dura.
Actualmente Fidelito no es nada, no existe desde que el propio Fidel lo destituyó hace más de 20 años por malos métodos de dirección en el Instituto de Energía Nuclear.
Para colmo de males sus apellidos y conexiones familiares no aportaron nada el acercamiento con Estados Unidos.
Durante toda su vida, (dicen que por seguridad), no ha podido valerse de su nombre, todos lo conocen por José Raúl. Cuando pudo pasearse en un auto con placa de ministro, los jodedores aprovecharon el color de las matrículas de los dirigentes, buscaron rimas con el ajedrecista famoso y le sancionaron con el apellido de "Chapablanca".
Hoy sigue condenado a ser José Raúl, pero con chapa amarilla, como todos los conductores comunes, buscando espacios donde colar su protagónico, demasiado viejo para competir con sus mediohermanos, cazando momentos con Paris Hilton en algún que otro evento ocasional.
El Partido
En cualquier escenario posible el Partido Comunista es el único candidato que puede asumir el poder inmediatamente, inclusive como testaferros temporales o como correveidiles de Raúl.
Los dirigentes partidistas de hoy, llámense Díaz-Canel o Murillo Jorge, son en su mayoría civiles, quedan muy pocos generales en activo, pero esta nueva correlación no ha cambiado su esencia, siguen iguales de cabizbajos y temerosos de la ira de los "líderes históricos".
Ellos serán los responsables de los nuevos rumbos, tendrán que competir contra los aspirantes a caudillo, saber imponerse a los designios que les lleguen desde el retiro a medias de sus antiguos jefes.
También serán los herederos del desastre, de la constante caída en picada y hasta del inevitable final.