Rusia, la Unión Soviética y la nostalgia castrista

Los “bolos” en el recuerdo edulcorado de castristas nostálgicos/ Cuba Encuentro
Eugenio Yáñez, Miami 
El acercamiento entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba desató la nostalgia de quienes consideran que cuando el régimen era satélite del oso soviético que enviaba petróleo, armas, carne rusa y jurel, era mejor que cualquier cosa que pueda venir después, y recuerdan aquellos años como si hubiera valido la pena vivirlos.
Un artículo sin firma publicado en un medio digital habanero no oficialista, titulado “Rusia y el papel mediador de Raúl Castro”, dice cosas que serían sorprendentes si no hubiéramos sobrepasado hace tiempo la capacidad de sorprendernos.
Desde el título hay jactancia, pretensión desmedida y un intento de trampa histórica. No se puede obviar que en la historia de Rusia hubo un cáncer llamado comunismo durante 74 años, que costó decenas de millones de muertes —además de los caídos en la Segunda Guerra Mundial— causadas por la represión, hambrunas, guerras civiles e intervenciones militares en otros países. Y Vladimir Putin se comporta de forma tan imperialista como hacía la Unión Soviética. Además de no mencionar nada de eso, el artículo pretende ver a Raúl Castro mediando entre Rusia, China y Occidente, como si un mendigo pudiera mediar entre sus donantes.

Dice el nostálgico anónimo que “Rusia no es el Enemigo con mayúsculas de Occidente. Tampoco podría ser considerada uno a tener muy en cuenta en caso de que realmente lo fuera”. Peculiar criterio geopolítico, que continúa con incoherencias: “Rusia ya no es la superpotencia industrial de los años 70 y 80 del siglo XX, y tampoco una potencia en innovación”.
Aclaremos: en los años 70 y 80 del siglo pasado Rusia era una “república” de la Unión Soviética, indudablemente la primordial. Pero el imperio soviético y la “república” rusa serían superpotencia militar, pero nunca industrial, y tampoco en innovación. Cierto, hubo logros importantes en, por ejemplo, la carrera espacial, pero al precio del hambre, carencias y miserias de la población
¿Es que el afligido incógnito nunca visitó un “GUM” o un “Dietski Mir” en Moscú, Leningrado, Minsk, Tashkent o Alma Atá? ¿Nunca vio un par de zapatos o un juguete rusos? ¿No sufrió el infierno de comprar en tiendas “bolas”, donde se preguntaba el precio, después se pagaba en la caja, y entonces, con el comprobante, se regresaba a buscar el producto? ¿No sabe que los únicos automóviles soviéticos medianamente aceptables eran de tecnología italiana a partir de los años sesenta? ¿Nunca montó un Moskvich, Volga, Chaika, Gaz 63, Gaz 69 o Zil 157, todos con tecnología pirateada, pero de calidad absolutamente inferior? ¿Nunca comparó un Ilushin 62 o un Yak 40 con un Boeing o un McDonell-Douglas? ¿Nunca una nave espacial Soyuz con una Apolo? ¿Un televisor Elecktrón con un Sony o General Electric? ¿Un reloj Poljot con un Rolex o un Omega? ¿Nunca vio películas rusas?
Ni Rusia comunista ni la Unión Soviética fueron superpotencias en innovación. Mijail Gorbachev, al lanzar laperestroika, señaló que la URSS había quedado detrás de Occidente en innovación, investigación y desarrollo. Los mejores aportes “innovadores” de Rusia y la URSS en la década de los ochenta fueron de la KGB en espionaje, injerencia, represión y violación de derechos humanos. La URSS se desintegró porque no pudo enfrentar ni tecnológica ni económicamente la “Guerra de las Galaxias” lanzada por el presidente de EEUU Ronald Reagan en esa década.
Sigue soñando el melancólico desconocido: “Es cierto que su ejército [el ruso] sigue siendo el único capaz de enfrentar al americano en una guerra simétrica total, pero ¿por cuánto tiempo más?” En un mundo y un tiempo de guerras asimétricas, una guerra simétrica total es casi utópica. Si se refiere al armamento nuclear, Rusia posee suficiente para destruir el planeta, pero no ganaría una guerra que nadie puede ganar en un choque nuclear. Entonces, incapaz de ganar una guerra nuclear, ¿para que sirve a Rusia el arsenal atómico?
Más delirios del articulista sin nombre: “Hágase una lista que incluya a las 10 figuras más importantes en cualquier rama de las ciencias, la técnica, las artes, la música, el pensamiento o la literatura de nuestra civilización”. De acuerdo, aparecerían rusos destacados: Pavlov, Mendeleiev, Pushkin, Dostoeivski, Tolstoi, Turkmeniev, Prokofiev, Tchaikovski, Chéjov, Lomonosov. ¿Incluiría el autor entre las diez figuras más importantes que resaltarían en sus ramas a Sajárov, Solshenitzin, Pasternak, Stravinski, Trotski, Kandinski, Pavlova, Efrémov, Maiakovski, Leontieff, Bulgakov, Preobrazhenski, Korchnoi? Porque si su listado fuera solamente con soviéticos, incluyendo a Eisenstein, Plisetskaia, Zhukov, Gorki, Vanionis, Bubka, Yákolev o Botvinnik, su peso total no sería como el de los rusos.
Sin extendernos demasiado, señalemos que el autor dice que “Occidente debe tratar de atraer a Rusia al sistema de seguridad y consenso civilizatorio que ha edificado poco a poco tras 1945. Pero para que este intento tenga éxito, debe tener muy presente que Rusia no es una nación de segundo o tercer orden, que Rusia posee una real tradición imperial (…) No puede ser invitada a ser comparsa. Debe dársele un puesto entre los grandes”. Entonces, ¿aceptar tranquilamente las agresiones rusas del siglo 21 a Georgia, Crimea, Ucrania, y las amenazas a Moldavia, Lituania, Letonia, Estonia y Polonia?
No parece lo más inteligente para el mundo libre. Ni parece sensato considerar que Raúl Castro podría jugar un papel significativo en el acercamiento entre Rusia, China y Occidente. Creer y declarar que si el general sin batallas “intentara algo para conseguir ese acercamiento, podría estar asegurándose un legado y revalorizar mucho el prestigio” de Cuba, es estar más desvinculado de la realidad que Fidel Castro en un campo de moringa.