Síndrome de presidio y alabanzas al Che

Armando de ArmasEmilio Ichikawa Blog
Con motivo del amor o admiración que muestran últimamente genuina o interesadamente algunos ex prisioneros y migrantes isleños por el famoso, infame, infausto y homofóbico argentino Ernesto Che Guevara, y de la mandada a callar (¡a callar sus gallinas!) que algunos han dado a los que se muestran insumisos ante esa situación bajo la excusa de no criticar a los que por presidio pasaron, no importa qué disparates digan o defiendan, me permito desempolvar un fragmento de mi libro Mitos del antiexilio (publicado en 2007 en Italia y EE.UU) perteneciente a un capítulo titulado: “El anticastrismo de los unos y el de los otros: el de los que llegaron primero y el de los que llegaron después”.
La fecha de arribo al exilio ha sido utilizada como medida del anticastrismo. De ahí que exista un exilio histórico, denominación que bien entendida pudiera referirse al apego intransigente a unos principios libertarios pero que con demasiada frecuencia se refiere sólo a la simple fecha de llegada. Esto ha producido situaciones propias de la literatura del absurdo como el caso de la señora que al inicio de la revolución fue miliciana y pidió paredón para la escoria contrarrevolucionaria y que, decepcionada o hambreada, logra salir de la isla hace la friolera de 40 años, para mirar por encima del hombro en el ademán de póngase usted en la fila y preguntar inquisitorialmente al exiliado que llegó la víspera por qué ha tardado tanto en escapar, sin percatarse de que el aludido permaneció 20 años conspirando en contra del régimen y otros tantos encerrado en una cárcel tras ser capturado.

Se da también el caso del preso político que mira con desdén al compatriota que no pasó por las cárceles; sin percatarse de que probablemente eso no ocurrió porque fuese el individuo un sumiso acatador del orden castrista, sino porque tuvo más suerte o luchó con tanta eficacia que nunca pudo ser capturado, o lo fue y escapó en el último momento y en definitiva infligió más daño al enemigo (porque de eso se trata en una guerra, ¿o no?) que el que permaneció encerrado; esto, sin entrar a considerar el hecho de que en las dictaduras totalitarias la mayoría de los presos lo son a pesar de ser inocentes, o a pesar de ser parte del régimen mismo, que como Huitzilopchtli, el belicoso dios de los aztecas, se alimenta y fortalece con víctimas propiciatorias cazadas en purgas periódicas o perennes de unas guerras floridas libradas fundamentalmente en sus propios predios, despojadas del oscurantismo místico y dotadas con el iluminismo de la razón de estado marxista. De hecho, entre las muchas organizaciones de ex confinados que existen en Miami hay una, el Ex-Club de Ex Prisioneros y Combatientes Políticos Cubanos, que como su nombre indica surgió precisamente con el propósito de que entre sus filas tuviesen cabida no sólo  los ex presos, sino también los que habían luchado sin haber pasado nunca por las cárceles; lo que probablemente indicaría la existencia de un considerable número de luchadores cuyos méritos, insólitamente, no se les consideraba por el hecho de no haber sido encerrados.
Ambos casos tienen que ver con el síndrome de la Sierra Maestra trasplantado a la planicie de Miami; ese que medía el mérito revolucionario de acuerdo a la participación o no en la folklórica campaña de las montañas orientales, y con la fecha de ascenso a esas domésticas elevaciones como si de un concurso para alpinistas principiantes se tratase. No importaba que alguien se hubiese batido en la clandestinidad como un tigre frente a las mucho mejor pagadas, especializadas, entrenadas y combativas fuerzas policíacas de Batista en las ciudades del país (en relación con la semianalfabeta y desmoralizada soldadesca que era enviada a pelear al monte), y que después se hubiese batido en la Batalla de Playa Girón (quizá la única verdadera batalla librada en Cuba durante el Siglo XX), y en las feroces guerras internacionalistas del África. Nada de eso lo convertía en héroe merecedor de ascender a la cumbre  en la empinada pirámide del poder castrista; ese era un privilegio reservado al pequeño grupo que participó pegado (entre más mejor) a Castro en las escaramuzas de la Sierra; pegadito en las retiradas, se entiende, porque en las escaramuzas al “máximo” no se le ocurría participar como no fuera de lejitos y con su portentoso fusil de mira telescópica inmortalizado (ya sabemos) por el New York Times.
El exilio y el presidio como súmmum de la meritocracia pudieran tener origen (amén de las reminiscencias cristianas) en la distorsión castrista, guevarista y revolucionaria en general del negociado de la víctima que lleva a celebrar con más énfasis las fechas infaustas que las faustas, las derrotas que las victorias; es el proceder retorcido que hace, por ejemplo, al régimen impuesto en Cuba celebrar más el 24 de febrero de 1895 (inicio de la Guerra de Independencia) que el 20 de mayo de 1902 (instauración de la República ), el 26 de julio de 1952 (asalto al cuartel Moncada) que el 1 enero de 1959 (triunfo de la revolución fidelista). Porque, un preso y un exiliado vistos desde un punto de vista práctico son personas vencidas; quizá no derrotadas, para recordar la imagen de Hemingway en El viejo y el mar; pero sí vencidas, puestas fuera de combate.
Por supuesto que el exilio y el presidio, en dependencia de la dignidad con que se lleven, pueden sublimarse en triunfo de otra índole; un triunfo que se da en el ámbito de los ideales y pertenece a la esfera de los símbolos, y que eventualmente, si se sostiene, puede a la vuelta del tiempo ejercer su señorío en el reino de lo físico (suponemos esa es la función del símbolo), y producir la victoria en el terreno de lo práctico, de la resbaladiza realidad.
Dicho lo anterior, hay que destacar que nada como el castrismo y sus aliados en el mundo mediático (¡apoyados por costosas encuestas!), para intentar presentar la imagen de un exilio dividido entre los que llegaron primero y los que llegaron después, entre el anticastrismo de los unos y el de los otros; y donde, por supuesto, el anticastrismo de los otros sería una suerte de enfermedad benigna y hasta deseable.
Esa imagen tendría su base en el hecho de que muchos de los últimos que han arribado a estas costas no tienen una clara conciencia política, y nada más llegar, y sin sacudirse el polvo de la balsa o el avión, ya preguntan cuándo pueden regresar al infierno del que escaparon, y en el hecho de que también resultan ser los que más remesas envían a la isla y los que menos militan en los grupos anticastristas; como en honor a la verdad tampoco lo hacen en elevado número en los pro castristas. Lo que se explicaría por la razón de ser los que más lazos familiares y de toda suerte mantienen en Cuba y por pertenecer a unas generaciones a las que se les ha atiborrado tanto con la letanía delpatria o muerte y el Martí como reo del ataque al Moncada que ya no pueden, o no quieren, discernir entre demagogia al uso y discurso liberador.
La verdad es que esa ligereza  al regresar a la finca castrista no sería exclusividad de los que llegaron últimamente; sino que sería más apropiado afirmar que cada vez que el mayoral ha abierto las rejas para el regreso temporal y humillante ha habido cubanos (sometidos a la manipulación de la nostalgia y la familia como medios de extorsión), dispuestos a volver en manadas al redil de donde un día escaparon. Porque los que regresaban a fines de los 70 en los llamados viajes de la comunidad, aquellos que se fueron gusanos y volvieron mariposas al decir popular, no salieron (evidentemente) ni en los 80 ni en los 90; eran de los primeros exiliados y retornaban ahora con la primera oportunidad que daba el dictador con el fin de obtener divisas para sus arcas menguadas en las aventuras internacionalistas de África y otros lares; estos gusanos transmutados por obra de magia marxista volvían a sus antiguos y misérrimos lugares de residencia con las alas forradas y acuñadas en verdes patriotas norteamericanos, con gruesas cadenas de oro en sus gruesos cuellos y unas historias personales de éxito y libertad que (¡todo hay que decirlo!), fueron un factor determinante en el desencadenamiento de los trágicos acontecimientos de la Embajada del Perú y el Éxodo del Mariel en 1980; acontecimientos que estremecieron hasta los cimientos mismos las estructuras totalitarias del régimen y que algunos más atrevidos ven como la primera grieta que se abría en el Muro de Berlín.
También habría que decir que si por un lado son los llegados últimamente los que más dinero mandan a la isla y los que más viajan a la misma; por el otro hay que reconocer que los dueños del tinglado de los millonarios negocios de envíos y viajes a Cuba, los arcaicos y chirriantes voceros radiales de la tiranía cubana, los jefecillos de organizaciones afines y los representantes de la rentable industria del procastrismo en general, no son recién arribados a estas costas  disminuidos por la desesperación  y el hambre, sino gente muy bien conectada en el establishment estadounidense que si fuese medida con la vara de la fecha en que salieron de Cuba muy bien calificaría como del exilio histórico.
Tampoco llegaron la víspera los que han fomentado por años los viajes culturales, académicos, profesionales y de estudiantes a la isla con el sofisma de amansar al toro castrista con juegos florales. Tampoco los periodistas, artistas, escritores e intelectuales cubanos y cubano-americanos (formados mayormente en la muy liberal y cara academia estadounidense), que han defendido a todo trance (¡y a veces en trance!) el acercamiento al comisariado de la isla con esos lugares comunes de las dos orillas y la vuelta a las raíces (connotación fálica de la raíz incluida); sin abrir la boca (o abriéndola de manera que parece más una sonrisa aquiescente que una protesta) por esos otros periodistas, artistas, escritores e intelectuales, y seres comunes y molientes, que se pudren en las celdas húmedas de una tercera orilla que mejor no mencionar para las visas y vacaciones en la tierra donde nacieron, o nacieron sus abuelos, y donde, ¡ay!, reciben tanto calor humano.
-TITULO original: “Sobre martirocracia, masoquismo, síndrome de presidio y alabanzas al Che”.