Plan Torriente: fin y salida de ilusiones

El Plan Torriente marcó el fin de la ilusión de tumbar a Castro por las armas y la salida de otras muchas falsas banderas en tiempos de paz/Cuna Encuentro

Arnaldo M. Fernández, Broward | 14/12/2015 1:32 pm


En diciembre de 1969 circuló por Miami un llamado a la opinión pública mundial y a todos los cubanos derivado de la reunión de “los representativos de las vertientes ideológicas y los sectores [del exilio] para emprender un gran plan político-militar [con el] objetivo fundamental de que Cuba vuelva a ser una nación libre [y] democrática”.
Al frente de esta iniciativa estaba el empresario cubanoamericano José Elías de la Torriente, quien armó su mesa de unidad de acción en la sede de la Brigada 2506 con su jefe de turno, Juan José Peruyero, así como con los presidentes depuesto (1952) y electo (1958) de la República, Carlos Prío Socarrás y Andrés Rivero Agüero, respectivamente, más el “alcalde constructivo” (1947-52) de La Habana, Nicolás Castellanos, y una hermana del quídam: Juanita Castro.

Sinrazón
Desde marzo de 1962, en sus directrices para la Operación Mangosta, la Casa Blanca, el Pentágono y la CIA habían sentado como premisa seminal de todo plan contra Castro que su “final success will require decisive U.S. military intervention”. Sin fundamento lógico-histórico, Torriente planeó recaudar fondos, reclutar exiliados y entrenarlos para tumbar a Castro al margen de EEUU. El apoyo y las bases de operaciones se buscarían en Latinoamérica y el Caribe.
En “unity rally” de miles de exilados la noche del sábado 21 de febrero de 1970, Torriente pidió “un voto de confianza [y] el apoyo moral, intelectual y económico de todos los cubanos”. Así empezó a pasar cepillo entre los fieles luego del aporte inicial de 45 mil dólares del Colegio Médico Cubano Libre, presidido por el Dr. Enrique Huerta. Tras aclarar que no podía revelar secretos de guerra, Torriente aseveró que buscaría apoyo en Latinoamérica y remachó con que los días de Castro estaban contados.
Sin embargo, Torriente mismo puso la primera piedra hacia el infierno con la designación del general batistiano Eulogio Cantillo como jefe militar del plan[1]. El 22 de marzo de 1970, Prío soltó por el Canal 10 de Miami que no prestaría ayuda económica al Plan Torriente, ya que Cantillo no solo lo había traicionado a él, al complotarse en el marzazo en 1952, sino que después traicionó a Batista y finalmente al propio Castro para quedar como “traidor profesional” y de este modo ser la figura más negativa entre los militares exiliados.
El 1ro de junio de 1970, Torriente dio por radio el parte de su gira por Brasil, Argentina, Venezuela y República Dominicana. En la Mesa Redonda de La Fabulosa (WFAB), Torriente acotó que no podía “hacer públicas muchas de las gestiones”, pero que el plan avanzaba. Al dar cuenta de los gastos de viaje subrayó que “la revolución se está haciendo bastante barata”.
No obstante, el 7 de junio de 1970 la hermana del quídam detonó su carga para matar bribones en el Canal 23: “Torriente firmó un convenio, un tratado, yo diría, con nosotros. Pero el documento de unidad que vendría posteriormente nunca se llegó a firmar [y] el señor Torriente está siendo dirigido por el Departamento de Estado americano y está sirviendo única y exclusivamente a los intereses del Departamento de Estado y del Gobierno americano”.
Acción
La unidad de acción se resquebrajaba, pero el 3 de julio de 1970 Torriente sacó un comunicado de prensa en Madrid que anunciaba la invasión a Cuba con unos 15 mil combatientes de la libertad, dentro del mismo año y desde un país no identificado de Centroamérica. El 12 del mismo mes dio una conferencia de prensa en Miami, donde precisó que en 60 días su ejército de liberación podría estar ya luchando en Cuba.
Al cabo la única acción militar del Plan Torriente sobrevino el 12 de octubre de 1971, con una “operación comando pero de tipo psicológico” —según el propio Torriente— que dejó dos muertos y un herido entre los guardias del puesto fronterizo más tres heridos entre los civiles del caserío Boca de Samá. El 18 de octubre de 1971, Torriente amplificó esta escaramuza en un banquete para recaudar fondos del Club Nacional de Mujeres Republicanas (Nueva York). Allí profirió de nuevo que en breve principiaría la guerra definitiva contra Castro.
Desde el 23 de abril de 1971 Felipe Rivero Díaz, veterano de Bahía de Cochinos y líder del Movimiento Nacionalista Cubano, había sentenciado en la revista Réplica que el Plan Torriente estaba “más que enterrado” y había servido tan solo para entretener y defraudar a los cubanos, mientras “Torriente y sus íntimos se benefician con las utilidades”.
El 1ro de octubre de 1972 Torriente insistía en que su plan “sigue funcionando (…) Podemos empezar a actuar en una fecha próxima, [pero] no me extrañaría nada que, inclusive, antes de que nosotros pudiéramos empezar se produjera alguna revuelta en Cuba”. Así lo dijo en el programa radial “Actualidad” (WQBA, La Cubanísima), pero ya el exilio seguía la advertencia de Rivero Díaz sobre “estas momias que hablan todavía, se mueven, producen cosas, piden dinero…”.
Reacción
El 12 de abril de 1974, alrededor de las 9 de la noche, Torriente recibió un balazo mortal en la cabeza mientras veía la televisión en casa (709 Cremona Avenue, Coral Gables) con su esposa. Una hora y media más tarde falleció en la Sala de Emergencia de Doctors Hospital. Sobre él venían cayendo dardos de que el dinero que recogía para la causa de Cuba se empleaba en cierto proyecto inmobiliario de la corporación TMV Land Development, que asociaba a uno de los colaboradores originales del Plan Torriente y al hermano de otro.
En su información sobre el asesinato (Miami News, 16 de abril de 1974), Hilda Inclán reportó: “When the plan began, Torriente had retired from his job as vice president of Collins Radio. That is also when the housing project started”. Torriente siempre negó las imputaciones de malversación de fondos, pero sus asesinos dejaron una nota que terminaba así: “José Elías de la Torriente, ejecutado por traición a la patria, recibió su cero”.
La misión de dar ceros se atribuyó a Orlando Bosch, quien siempre negó su participación en la muerte de Torriente, pero el 3 de julio de 1974 declaró a Réplica que distaba mucho de lamentarla: “Él jugo con las esperanzas, las aspiraciones y el dinero del pueblo. Yo podría haber ordenado su muerte una vez que hubiéramos regresado a Cuba, pero no aquí. Nadie más levantará una falsa bandera por temor a perder su propia vida”.
Coda
El Plan Torriente marcó el fin de la ilusión de tumbar a Castro por las armas y la salida de otras muchas falsas banderas en tiempos de paz —desde plebiscitos y paros nacionales en el aire hasta mesas y marchas sin orden ni concierto— levantadas por abanderados que ya no pueden jugar con el dinero del pueblo [cubano], sí pueden hacerlo con el dinero del contribuyente [americano] y de este modo no tienen por qué abrigar temor a perder sus propias vidas.
[1] La historia mínima de Torriente con la bandería batistiana se relata por el propio Fulgencio Batista y su escribano Manuel F. Benítez Rodríguez en Un año de conversaciones sobre el Plan Torriente : cartas del General Fulgencio Batista, desacertadas manifestaciones públicas de Torriente y respuestas a las mismas (Nueva York, Hispanic Print. Corp., 1970). A mediados de 1972, los brigadistas Peruyero, Luis Torné y Alfredo G. Durán gestionaban todavía la alianza de Prío y Batista contra Castro.