Obama a la carta


Todo el alboroto con la visita de Obama a La Habana gira en torno a variables que los propios alborotadores no pueden controlar/Cuba Encuentro

Arnaldo M. Fernández

Así, Obama tendría que hacer en Cuba algo que ni siquiera ha hecho en Estados Unidos y proceder en contra de su propia estrategia política cantada de ganar a largo plazo con el poder blando del comercio y quitarle el pie a la llamada oposición, como recomendó desde 2009 el jefe de la SINA Jonathan Farrar: to look elsewhere, including within the government itself, to spot the most likely successors to the Castro regime.
It's the economy, stupid!
A tal efecto Obama tomó en serio el criterio concurrente del único experto en tumbar gobierno ajeno y mantener el propio que aún queda con vida entre cubanos: Fidel Castro, quien antes de la sirimba intestinal en 2006 precisó que su revolución “puede destruirse; los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”.
Es lógico que Obama prefiera dar crédito a Farrar y al propio Castro para enfocarse en el derrumbe del castrismo desde dentro, que prestar atención a las marchas domingueras de Soler y Rodiles, el paro nacional de Antúnez, los comedores populares de Fariñas, el plebiscito de Rosa María Payá y otros, el Somos+ de Eliécer Avila, las mesas sobre cualquier cosa de Cuesta Morúa, los performances de Tania Bruguera, la revolución con memoria flash de Yoani Sánchez y tantas otras iniciativas que ni hacen cosquillas al gobierno ni reviran al pueblo.
Además, tal y como Seymour Martin Lipset formuló con cautela, “entre más próspero sea un país es más probable que sostenga la democracia” (Political Man, Doubleday, 1960, p. 49 s), mientras que, por el contrario, la hipótesis de que la democracia genere bienestar es dudosa, como subraya Giovanni Sartori (¿Qué es la democracia?, Taurus, 2003, pp. 333 s).
Dar con la debida correlación es problema práctico, que la administración Obama busca resolver tras más de medio siglo de embargo infructífero y cientos de millones de dólares en inversiones presupuestadas —igual de infructíferas— de ayuda a la transición a la democracia en Cuba. Antes que desfogarse en que la movida del 17 de diciembre de 2014 no ha surtido efecto, la bandería anti-Obama debía conceder, por vergüenza histórica, al menos medio siglo de acción a este replanteo de la ayuda exterior a la solución del problema cubano.
Si la picazón estriba en que van a beneficiarse sobre todo quienes ejercen hoy el poder y han hecho leña el país, el experto antemencionado —que es también el único exiliado cubano que vino de vuelta en zafarrancho de combate y tomó el poder— ha dejado bien sentado qué hacer en situación apremiante de dictadura.
Lo curioso es que la intelectualidad orgánica del castrismo viene sonando la alarma roja contra la movida de Obama. Según el USAnólogo Esteban Morales, Obama “divide el bloqueo en dos, para utilizarlo como un instrumento para lo que lo que ha llamado empoderar a los sectores que le acompañarían en su viaje de subvertir el régimen cubano; al mismo tiempo que limita lo más posible las capacidades del liderazgo político cubano para frustrar el interés de la inmensa mayoría de la nación cubana de avanzar hacia el socialismo”.
Adversarios rituales
Ante la gestión gradual para desfondar aún más el embargo, Morales y otros exigen a Obama apretar el paso, como si la Casa Blanca estuviera subordinada a Marino Murillo en vez de tener al Congreso con mayoría republicana presta a ensalchichar a la administración demócrata por cualquier cosa, como violar las leyes que arman el tinglado del embargo.
Morales y compañía no se preocupan porque el Partido Comunista, único y en el poder, sin oposición parlamentaria, ha implementado en cinco años apenas la quinta parte de sus propios Lineamientos y muestra mucho peor desempeño que Obama en la aplicación de las medidas ejecutivas posibles contra el embargo.
Irónicamente sucede lo mismo en la bandería rival. Llueven las críticas archiconocidas contra el castrismo, como si el problema fuera criticarlo en vez de ponerle fin, y abundan los elogios a cualquier disparate opositor, como si el problema fuera mediático en vez de político.
Así, Guillermo Martínez reprueba en el Nuevo Herald a Obama por no dar importancia a “que después de reanudar relaciones diplomáticas con Cuba, el número de cubanos detenidos, golpeados y perseguidos por las fuerzas represivas del régimen se ha duplicado”.
Además de comprender que la disidencia sigue siendo hoy aquella que Farrar descartó en 2009 como actor político, el jefe actual de la diplomacia estadounidense en Cuba, Jeffrey De Laurentis, tiene que haberse percatado de que las detenciones se duplican porque las mismas personas son arrestadas cada domingo y trasladadas en ómnibus a estaciones de policía, de donde salen enseguida sanas y salvas, salvo contadas magulladuras, para marchar de nuevo al domingo siguiente sin que se les sume nadie más de eso que llaman pueblo.
Para colmo se juega la carta racial de que a Obama poco le importa “la vida de estos cubanos, muchos de los cuales tienen la piel de su mismo color”, como si fuera en Cuba, y no en EEUU, donde la policía balea a negros en calles y parques, incluso por la espalda.
Aliados irracionales
También desde el Nuevo Herald, Bernadette Pardo advierte que Obama ”tendrá que hacer mucho más que tomarse un cafecito a solas con Berta Soler si verdaderamente quiere defender los derechos humanos”. Solo que aun ese cafecito sería improcedente, puesto que Soler aboga por mantener el embargo en contra no solo de Obama, sino de la mayoría de los cubanos en ambos lados del Estrecho de la Florida.
El cafecito sería más anacrónico aún puesto que Soler largó —en audiencia casi sin concurrencia— ante el Subcomité de Derechos Humanos de la Cámara de Representantes, que la reforma migratoria en Cuba es simple “reformilla”, ya que Raúl Castro tiene la potestad de “seleccionar quién sale o entra en el país”. Solo por lástima el presidente del subcomité, Chris Smith (R-NJ), no instó a Soler a explicar cómo ella sale de y entra a Cuba tan a menudo.
Y como cada cual arrima el ascua de Obama a su sardina, el propio Nuevo Herald editorializó ya que “si Raúl Castro quiere el prestigio de recibir al líder del mundo libre en La Habana, Obama debería reiterar que la libertad de prensa forma parte del paquete”. Ante todo Raúl Castro no quiere ni busca semejante prestigio de política simbólica, porque el castrismo ganó ya la carrera de fondo en el diferendo Cuba-EEUU. Y por supuesto que Obama no tomará cartas en este asunto, ya que acreditar a corresponsales extranjeros queda a la entera discreción del gobierno receptor.
Plattismo olvidadizo
Todo el alboroto con la visita de Obama a La Habana gira en torno a variables que los propios alborotadores no pueden controlar e ilustra la cubichería de dictar a otros pautas deseables sin esforzarse uno mismo por aprender de los errores propios, como no reconocer bien la situación factual ni entender bien qué debe hacerse ni cómo actuar consecuente y oportunamente.
Así tenemos al Dr. Juan Antonio Blanco, quien ya demostró que Obama no liberaría a los tres que faltaban de Los Cinco, dándole lecciones a Obama para que tenga claro que “si no va a ayudarlos [a los cubanos], al menos no obstruya ese propósito [la estabilidad democrática] fortaleciendo el régimen cubano actual en la apuesta de que funja como gestor de una estabilidad represiva”.
Obama no tiene que apostar por eso, ya que la estabilidad represiva gestionada por el régimen dura ya más de medio siglo. Más bien ha reconocido el fracaso de toda la ayuda que EEUU viene prestándose —incluso durante su administración— a ciertos cubanos que se arrogan ser gestores de la estabilidad democrática de la nación sin poder gestionar absolutamente nada en sus barrios.
En su pasado mensaje semanal, Obama soltó que “la mejor manera de ayudar al pueblo cubano a mejorar sus vidas, es a través del compromiso: mediante la normalización de las relaciones entre nuestros gobiernos y el aumento de los contactos entre nuestros pueblos”. Si el Dr. Blanco tiene mejor manera, debe exponerla en nombre de esos cubanos que verían esta política de Obama hacia Cuba como obstrucción.
No por gusto un cúmbila de Morales en el ejercicio de la USAnólogía, el Dr. Elier Ramírez, alerta que Washington, lejos de haber “abandonado los objetivos estratégicos de cambio de régimen” en La Habana, ha transformado “la guerra cultural contra Isla en el epicentro fundamental de la política, sin renunciar a utilizar, de acuerdo a (sic) las circunstancias, el garrote y la zanahoria”.
Si la madre de todas las soluciones al problema cubano es, como plantea el Dr. Blanco, “que Cuba se transforme en una sociedad abierta, moderna, democrática y próspera”, habría que identificar primero a esos cubanos que verían obstaculizado tal propósito por el replanteo estratégico de Obama y enseguida puntualizar de qué mejores alternativas disponen para lograr aquella transformación sociopolítica.