Una visita sin todos los honores

El paso de Raúl Castro por la capital de la Galia no estuvo exento de ridículos, como el de las reiteradas violaciones al protocolo republicano de su escolta y nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro/Cuba Encuentro
Ferrán Núñez, París 


Tiranosaurio junior acaba de hacer una visita a Francia. Se trata del primer viaje de un jefe de Estado cubano, desde que Fidel Castro fuese invitado hace 21 años por una de sus pretendidas amantes, Danielle Miterrand.
Aquella visita generó un singular malestar público, y avergonzó hasta el propio Partido Comunista. El único que lo recibió fue otro François de siniestra memoria, ya con un pie en el hoyo, o sea, más allá del bien y del mal. Fuera del Elíseo, ningún otro palacio republicano le fue abierto al fundador del mayorazgo cubano.
Por supuesto, si exceptuamos la comunidad cubana en París, (todavía en aquella época llena de esperanzas, vanidades y algo de empuje), la estancia de Castro en la capital de las ilusiones (hoy por culpa de las políticas buenistas de gobiernos incapaces, al borde de la guerra civil), no causó mucha impresión.

El único que no pudo disfrutarla, fue el inefable y olvidado exiliado Leonardo García Monterrey, al que la policía guardó en el “trullo”, pues se había señalado semanas antes, robándose con nocturnidad y alevosía la bandera cubana del mástil de la embajada, además de otros incidentes desagradables entre los que destacaba, el de tirarle huevos al embajador.
El paso de Raúl Castro por la capital de la Galia no estuvo exento de ridículos, como el de las reiteradas violaciones al protocolo republicano de su escolta y nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro; comenzadas en el Arco de Triunfo, y que tuvieron su colofón en el parterre del Eliseo, cuando Hollande en persona tuvo que indicarle su posición subordinada con un gesto perentorio de la mano. De no haberlo hecho, “el Cangrejo” habría salido en la presidencial foto, como era sin dudas su deseo.
La prensa hispana no ha escatimado adjetivos rimbombantes, calificando la estancia del cañengo mandatario, de “histórica”. Por su parte, España que no ceja en su empeño secular de autoflagelación, no ha dudado de calificar de “inepta” su propia diplomacia, considerando ―con razón― que Francia se está adjudicando un protagonismo que por ley de vida le corresponde a la Península.
No es para menos, el hecho de que los dos mandatarios hayan acordado “un primer fondo franco-cubano de 200 millones de euros para impulsar la inversión” los ha dejado bastante sonados. Es verdad que los 40 millones de euros, anunciados con bombo y platillo en forma de créditos para las futuras inversiones de las empresas españolas hace algunos meses, parecen una limosna al lado del agresivo voluntarismo galo.
Sin embargo, la gran verdad es que el administrador de Cuba, no ha sido recibido con todos los honores como se ha dicho. Al contrario, ha sido ninguneado de una manera que se ha visto poco por estas tierras, acostumbradas a dar un mejor trato a otros dictadores más de su agrado. Sin remontar mucho en el tiempo recordemos, que la augusta República sí que recibió al difunto Gadafi con todos los honores, incluyendo el derecho de plantar una tienda de campaña, aparejada por sus 40 meretrices en los jardines del Elíseo.
Para comprenderlo tenemos que repasar el tipo y categoría de esas magnas exhibiciones. Como nos lo recuerda el portal del Ministerio de Relaciones Exteriores, el protocolo distingue 4 tipos de visitas: las oficiales, las de trabajo, las privadas y la más importante de todas, la de Estado. De esta clasificación dependen los honores que recibirá el visitante. Entre tres y cinco visitas son organizadas cada año, precisaLe Figaro, así en 2015, Hollande recibió, al presidente de Túnez, al mandatario mexicano, al de Mali y a Felipe VI.
Como se sabe, la quinta columna llegó el pasado domingo. Aterrizó una mañana un poco lluviosa pero por suerte bastante templada para sus viejos huesos. La primera curiosidad fue que (aparte del embajador cubano) allí no hizo acto de presencia nadie importante, ni siquiera el perfecto de la policía. Solo algunos soldados de la Guardia republicana, lo esperaban transidos bajo la llovizna. Tratándose de una visita de Estado, tal y como lo establece el protocolo, un ministro tendría que haberse desplazado, sin embargo, nadie se tomó la molestia. Gadafi, por ejemplo, fue recibido por la entonces ministra del Interior Michèlle Alliot Marie, Rohani, el presidente de Irán una semana antes por Laurent Fabius, Ministro de Exteriores…
La próxima etapa es la “Ceremonia de recibimiento”. De marcado carácter militar, dos lugares están previstos para ella, el Arco de Triunfo y el antiguo hospital de los Inválidos. El presidente y su invitado pasan revista a la tropa formada. Hollande no se dignó a pasar por allí, en su lugar mandó a su mal afamada ministra de la Ecología, Segolène Royal. Una señora a la que por diferentes razones que no vienen al caso, nadie soporta ver ni en pintura. Basta ver la cara de Castro en el video que circula para darse cuenta de su incomodidad manifiesta.
Luego le siguen las llamadas “citas ineludibles”, como del Elíseo, de la que ya hablamos al principio de este texto, con el primer Ministro y con el alcalde de Paris. Por último, se le ofrece una “cena de gala” donde se invitan a 200 personalidades de la sociedad civil destacadas escogidas por los mandatarios. Pues bien, aunque Castro fue recibido oficialmente por Manuel Valls y Annie Hidalgo, las cadenas de información continua apenas lo cubrieron, más preocupadas por la huelga de los agricultores y de los taxis que por la presencia del poco carismático dictador.
Pero lo peor fue la cena de gala, porque la gente decente, (sí que queda mucha todavía en este país, y eso tal vez salve a Francia del caos que se le viene encima), no aceptó la invitación. Así es que el Jefe de protocolo de Palacio tuvo que contentarse con invitar a los enemigos jurados de Hollande; los ñangaras de toda la vida, locos por salir en la foto y por pegarle la gorra a la República, como Jean-Luc Melenchon, un trasnochado neocomunista sin prestigio, cuyo deporte favorito es poner a parir al Presidente cada vez que se le pone una cámara delante. Y es que a estas alturas ya no se sabe cuál de los dos izquierdosos arrepentidos es el más sinvergüenza. En la cena también estuvo, además de la fauna socialista de la “izquierda caviar”, la ya desconocida Nathalie Cardone, que se hizo famosa cantándole al asesino Guevara el siglo pasado y Costa Gavras, un viejo amigo de la revolución castrista.
Así es que, a fin de cuentas, sí que se firmaron contratos, sí que hubo lindas fotos y paseos, pero lo que se dice honor, de ese no hubo para nadie. Ninguno.