Supermartes en EEUU y en Cuba


La diferencia entre la democracia y la dictadura/Cuba Encuentro

Eugenio Yáñez, Miami | 03/03/2016 9:32 am


Siempre evito pronunciarme sobre política interna en Estados Unidos, para no desviarme del foco de atención de la tragedia cubana que ya dura casi sesenta años.
Sin embargo, es difícil vivir en Miami, leer o escuchar tantas incoherencias y disparates en idioma español, y permanecer impasible. Porque la versión en nuestro idioma de algunos “analistas”, “expertos” y “estrategas” políticos sobre la contienda electoral en Estados Unidos es tan caricaturesca que darían ganas de reír si no fueran asuntos tan trascendentales para esta gran nación.
Si algo caracteriza la proliferación de opiniones, declaraciones, pronósticos y textos en español sobre el tema es que muchas veces se basan fundamentalmente en los corazones más que en las razones. Y aunque todo el mundo tiene derecho a sus propias opiniones, por supuesto, no lo tiene a sus propios hechos, que son incuestionables y los mismos para todos. Afortunadamente, lo que les gustaría a quienes opinan sobre lo que debería ser en vez de lo que los hechos parecen demostrar, perdura tanto como el clásico merengue en la puerta de un colegio.

Republicanos de fibra raigal en el sur de Florida querían ver a Donald Trump comprometido a respetar los resultados de las elecciones primarias del partido y a no lanzarse por su cuenta en un tercer partido que debilitaría los esfuerzos frente a los demócratas. El magnate neoyorquino se comprometió por escrito a respetar la voluntad de los votantes. Pero ahora que marcha al frente en los resultados de las elecciones primarias, a un grupo de “inspirados” republicanos se les ocurre pensar en una alternativa a Trump, y buscar un tercer candidato o, peor aun, hurgar sobre posibles mecanismos dentro del reglamento del Grand Old Party (GOP) para ignorar la voluntad de los votantes republicanos en las bases e imponer al candidato preferido por la élite partidista en la convención que se llevará a cabo en Cleveland (Ohio) para nominar al candidato del partido en las elecciones presidenciales de noviembre.
Cualquier semejanza con la forma en que funcionan las cosas en la Cuba de los Castro no es pura coincidencia. No pretendo equiparar moral ni políticamente a quienes representan la democracia con quienes encarnan el totalitarismo comunista, pero en la forma de actuar cuando se comportan arrogantes simplemente no hay muchas diferencias en cómo se manifiesta en público un grupo de “iluminados” que se considera por sobre las “plebes” o las “masas”, que está convencido que sabe lo que sería mejor para el país y para los electores, y se siente con absoluto derecho a imponerlo a la cañona o como sea, independientemente de lo que puedan pensar los simples mortales que integran las filas de su partido.
Los tejemanejes y menjunjes que se han barajado en los últimos días en la televisión en español de Miami dejan demasiado que desear: naturalmente, todo el mundo tiene derecho a preferir al candidato que considere más adecuado para presidir esta gran nación a partir de enero de 2017, pero comparar a Donald Trump con Fidel Castro o Hugo Chávez como destructor de instituciones democráticas, llamarlo “adefesio”, o clamar por una rebelión partidista contra el hasta ahora preferido por los votantes en las primarias republicanas, roza con la paranoia, los sinsentidos, o ambas cosas a la vez.
A lo que eufemísticamente en Estados Unidos se le llama “el establishment”, ya sea republicano o demócrata, no es otra cosa que una versión “democrática” de un buró político de cualquier partido comunista o de una “nomenklatura” en el “socialismo real”, y una vez más aclaro que no estoy juzgando moral o políticamente a esos personajes, sino describiendo su forma de actuar. Un grupo de posesos se considera más allá del bien y del mal, y aunque en una democracia no pueden imponer por la fuerza a un gobernante, puesto que necesita ser electo por los votantes, viven convencidos de que ellos “sí saben” lo que resultaría mejor para el país y no lo que piensan vulgares individuos que no viven de la política, sino de trabajar continuamente para lograr lo que necesitan y desean, y a quienes no les importa demasiado lo que piense una camarilla partidista dueña del poder que ignora a sus constituyentes.
En Cuba, por su parte, otro grupo de “iluminados” deciden quiénes deben dirigir, cuándo y por cuánto tiempo, y cuando lo consideren oportuno se lo informan total o parcialmente a la población, que lo único que puede hacer es enterarse y resignarse, porque en realidad no puede votar libremente, y quienes protesten o rechacen al impuesto sentirán de cerca lo que es la represión totalitaria. Esa misma camarilla informa públicamente, el mismo día del Supermartes en EEUU, de reuniones con los delegados al congreso del partido y “dirigentes”, para analizar los documentos que serán sometidos a aprobación en el aquelarre comunista, y de los cuales la población de a pie no sabe lo más mínimo. Sin embargo, allá en la Isla a esa camarilla no se le llama establishment, sino Buró Político.
Sé que estos criterios molestarán bastante a determinados cubanoamericanos que viven en el sur de Florida y confían totalmente en que el futuro de esta gran nación depende de un solo candidato a la nominación republicana, que no es quien por ahora marcha al frente en la obtención de delegados ni en las encuestas de intención de voto, pero que aparentemente, tras el fracaso de Jeb Bush, ahora también resulta ser el preferido de la “nomenklatura” de su partido.
Si algo me ha caracterizado en todo lo que he escrito durante toda mi vida —aunque no me considero ni periodista ni analista, sino simplemente ser humano con deseos de expresar opiniones sin tener que depender de nadie más— es que cuando comienzo a teclear en la computadora lo que realmente me interesa es lo que opinarán sobre lo que escribo quienes me confieren el alto honor de leerme, no quienes detentan y disfrutan las mieles del poder, allá o aquí.
Y ya a esta altura de mi vida es demasiado tarde para intentar cambiar.