El exilio vive una etapa transicional



DDC/MICHAEL H. MIRANDA | Arkansas

La visita del presidente Barack Obama a Cuba en marzo pasado induce a poner en circulación algunas preguntas sobre el presente y el futuro del exilio cubano. ¿Va camino el exilio de convertirse en una ficción histórica o solo se resiste a reconocer que vive su condición post?

El exilio representó siempre la no negociación frente al poder. Sin embargo, con el paso de los años ha visto cómo sus posicionamientos se diversificaron, cómo su duelo se iba disipando, a medida que las relaciones entre la comunidad exiliada y la Isla iban haciéndose más fluidas. Ciertos pasos dados por el Gobierno cubano después de 1993 —posibilidad del envío de remesas, arribo de varios vuelos semanales que conectaban a varias ciudades norteamericanas con distintos puntos de la Isla, entre otros— fueron tan solo el inicio de una invitación a repensarse, más allá incluso de si tiene sentido hoy declararse, saberse, sentirse, un exiliado cubano, y si cabe "exigirle" a alguien que se declare exiliado.
Hay un proceso de acercamiento en marcha entre los dos gobiernos. Si ya personeros del régimen entablan tratativas con empresarios cubanoamericanos, si una progresiva cantidad de cubanos viaja con regularidad a la Isla, si los que llegan entienden a Miami más como una transacción o acaso un desahogo que como una militancia, si los beneficios no discriminan entre un ex preso político y un exfuncionario del Gobierno que ni siquiera muestra arrepentimiento, si el aislamiento económico se va desarticulando y ya hasta los uniformes escolares se compran en tienduchas de Hialeah, ¿cuál es la fisonomía real de eso que llamamos exilio? ¿El cambio de faz supone también una transformación de su genealogía? ¿Cómo releer su historia entonces? ¿Ha llegado el momento de enterrar para siempre la terminología asociada a la condición exilar y pasar a otro estadio? ¿Se va a desconflictivizar la que ha sido con seguridad la relación más polarizada e irreconciliable de la historia de Cuba, incluso después del 17-D?
Existe todavía una opinión pública exiliada que basa su discurso en un fuerte componente identitario. La paradoja está en que el exilio parece envejecer sin recambio, pues al parecer este no alcanza a identificarse con su razón de ser. El imaginario de ese exilio, que se oxigenó en 1980 con el éxodo del Mariel y clausuró los intentos de diálogo que algunos sectores quisieron sostener con el Gobierno cubano, sufrió un vuelco con la crisis de los balseros, la adjudicación de las 20.000 visas anuales, el caso Elián González y también la preferencia o el predominio del destino Europa entre los jóvenes intelectuales que dejaban la Isla.
Ahora, la visita de Obama vuelve a dejar al exilio a la intemperie. No fueron pocos los que señalaron que solo dos estamentos "retrógrados" se opusieron al forzado tour presidencial: el Gobierno cubano (que sigue fiel a su esencia cold war, inmovilista y represiva) y el "exilio recalcitrante de Miami". Equiparar ambos factores resulta cuando menos injusto para los exiliados. El tiempo y la historia han querido desmontar, uno por uno y junto con los del castrismo, los fundamentos de ese exilio. Al final, al paso de tantas décadas, uno es dependiente del otro: el uno morirá con el otro.
Con cada grupo de cubanos que cruza las aduanas del mundo libre regresa la pregunta sobre qué tipo de sujetos son, de si eso que por décadas hemos llamado exilio continúa en pie. A ese exilio se le había identificado siempre con un tipo de posicionamiento político bastante homogéneo, aquel que promovía la caída del régimen como condición para poder retornar al país. Porque de eso muchos creían que se trató siempre el exilio, de la incapacidad o la imposibilidad de retornar a ese lugar de donde fuimos excluidos o expulsados.
Con Cuba sucedió que, llegado un momento, el regreso fue técnicamente posible, aunque siempre el régimen se reservaba un humillante derecho de admisión, y en cambio las razones originarias del exilio seguían de alguna manera intactas. Partamos de que exiliado no es cualquiera, sino aquel que hace suya una tensión ante la autoridad gobernante. Esa dimensión política del nuevo sujeto en fuga es la que ha ido mermando y llevándose consigo los fundamentos del exilio.
Sin embargo, siempre ha sido el exilio, como categoría, de Hannah Arendt a Edward Said y Giorgio Agamben, mucho más complejo, poroso y por ello perturbador, refractario a ser estudiado y tipificado desde una perspectiva única y más proclive a redefinirse continuamente. Poco sabíamos del exilio ruso y del este europeo, que huía del comunismo, y mucho del español y sudamericano, que lo hacía de las dictaduras militares y cuyos relatos fueron sublimados por los discursos de izquierda, los mismos que denigraron al exilio cubano y lo vieron como su antípoda.
El exilio también está viviendo su etapa transicional, que comenzó mucho antes del 17 de diciembre de 2014. Se reforzará la condición tan personal de lo exílico, que es lo que en un final termina conspirando contra la idea misma de una identidad exiliada, pero por ello habrá que definir cuál y cómo será la presencia política de esa comunidad en el futuro de la Isla.
Como mismo ha cambiado la oposición dentro de la Isla, también lo ha hecho el exilio, que hoy deberá debatir cómo encauzar su duelo de décadas a sabiendas de que más allá de lo simbólico, no hay posibilidad ya de restituir nada, no hay herida que pueda ser restañada. A ambos estamentos debe seguir correspondiendo la exigencia de urgentes cambios políticos, mientras en lo económico el estado del país es tan deplorable que es impensable una reconstrucción sin la presencia de la comunidad exiliada, que es de hecho, y desde hace mucho tiempo, quien sostiene a buena parte de la economía de la Isla.
Quién se atreverá entonces a extenderle al exilio su certificado de defunción. Yo no lo haría. No todavía.