La corrupción institucionalizada

La corrupción en la centralizada infraestructura administrativa cubana ya es endémica. Resolver el mínimo problema conlleva el consabido presente, ya sea en dinero o en especie. Así lo constató un turista alemán que no encontró autos en las oficinas de alquiler y que, por fuera, pagando un plus de 40 CUC, lo consiguió.

"Es que con la visita de Obama los carros para alquilar se acabaron", le dijo el intermediario. "Pero siempre aparecen, cuando quieran un auto solo vengan a verme."
Todo o casi todo pasa por el soborno. Si se quiere obtener un turno rápido y ser bien atendido en un centro de salud, se le lleva un "regalito" al doctor; acceder a pruebas de ingreso o a una carrera conlleva un pago mínimo de 20 CUC. Los pilares sociales del régimen están corroídos, aunque los mecanismos de estos sobornos sean solapados.
Se trata de códigos establecidos, conocidos por la población, que los acepta resignada, como parte del sistema. Las escaseces que padece el país, junto a los deprimidos salarios, hacen de la corrupción un medio necesario, a la que se acude incluso pasando privaciones.   
Por otro lado, hay sectores en los que la corrupción es visible. De hecho se han ido creando redes de facilitadores con las conexiones necesarias para "resolver". Es lo que ocurre con la transportación de pasajeros a nivel nacional. Sea en tren, ómnibus o avión, nunca hay pasajes disponibles, hay que reservar con meses de antelación. Como consecuencia, las terminales están atiborradas de viajeros desesperados.
Los  revendedores se colocan en los alrededores de las estaciones, ofreciendo conseguir pasajes a cualquier destino, previo pago de 10 CUC. En contubernio con los empleados, acaparan los primeros números de la lista de espera, lo que hace imposible al viajero llegar a obtener uno de los pocos puestos en oferta.
La desvergüenza es tal que se guardan pasajes en las oficinas de reservaciones para este tráfico. Fue lo que le ocurrió a Odalis. Después de acudir a las dos oficinas de ómnibus nacionales en Santiago de Cuba, donde le informaron que los pasajes a La Habana para tres días después estaban agotados, resolvió un billete a través de un intermediario.
"Fui a la terminal para informarme sobre los camiones a La Habana", cuenta. "Afuera un hombre me ofertó un pasaje, le dije mi fecha y la hora que quería en que quería viajar, le di mis datos y en una hora se apareció con un autorizo de compra de pasaje para la hora exacta. Le di 10 dólares y compré el pasaje. Yo no quería irme en un camión, son incomodos y esos choferes corren mucho".
El mismo hombre le dio su número de móvil a Odalis para resolverle cuando quisiera regresar: "Solo llámame y te pongo en contacto con los choferes del día que quieres venir, yo siempre tengo pasajes", concluyó.
Hablamos con "Amichi", uno de los traficantes de pasajes, en las afueras de la terminal de Santiago. "Este es mi trabajo, tengo los conectos en la terminal y con los choferes. Me gano 3 CUC de cada 10 que pagan, resuelvo en las guaguas nacionales y en las Transtur".
Se refiere a las guaguas transportadoras del turismo que una vez cumplido este cometido, están obligadas a cargar en las terminales para aliviarlas de viajeros. Esta disposición casi nunca se cumple, los choferes aliados con la red de tráfico de las diversas terminales, les llaman para que les consigan los clientes y acuerdan un lugar, no muy lejos de la estación, donde los recogen. Es un negocio perfecto, todos ganan dinero limpio sin invertir nada.
Lo trágico es la asunción de la corrupción como norma. Denunciarla es inútil, según el criterio popular. El consenso es resolver, pues los primeros corruptos son las autoridades.