La noche en pie, ellos cansados


Por Zoé Valdés/ Libertad Digital
Me dijeron que se trataba de un movimiento semejante al de losindignados de Madrid, y allí fui, Place de la République, no una, en varias ocasiones, para verlo con mis propios ojos. Indignado, indignado, lo que se dice indignado, no vi a nadie. Allí se gestaba la bella noche parisina, en pie con sus emanaciones, a pesar de que en esta ciudad nos acostamos cada vez más temprano. La luna también en pie, el frescor en pie, la luminosidad en pie, los seres humanos, muy jóvenes la gran mayoría, sin embargo sentados alrededor de unos folletos, idos y sucumbidos bajo una cantilena en letanía, oyendo extasiados el enrevesado verbo de algún comunicador social, de esos que se venden como tales.

Por más que intenté conversar con alguno de los participantes, no lo conseguí del todo. Pese a su juventud, el cansancio se reflejaba en sus rostros. Articulaban lentamente, y protestaban como en ralentí contra una retahíla de disparates. Un cansancio eterno, una fatiga sombría ahí, perenne, desde mucho antes de su nacimiento. Eso sí, cualquiera se paraba de súbito y soltaba una diatriba en contra de cualquier cosa, sobre todo del poder y de los políticos. Merecido se lo tienen, me dije. Hasta que me topé, precisamente, con unos cuantos políticos sacándole tajadas a las circunstancias, y a esos mismos manifestantes muy sonrientes caminando junto a los que supuestamente los oprimen. El poder embriaga.
Como al tercer día empezaron los desastres, y los bobos casseurs(burgueses destructores) empezaron a romper sin ton ni son vitrinas y fachadas de bancos. Aquí no están los muchachos de los suburbios, pensé, aquí están los chicos bien alojados en suntuosos apartamentos del Marais, el barrio intello-bobo (intelo-burgués) por excelencia.
Ningún atisbo, ni una sola familia de rumanos de los que por aquí pernoctan a diario. Pregunto por ellos y me cuentan que los manifestantes los sacaron de ahí, bruscamente, para que no hubiera amalgama. ¿Amalgama? Me quedo de piedra. El cartesianismo francés acaba con mi paciencia.
Oigo a un muchacho susurrarle a otro que mañana a la misma hora repartirán folletos en la puerta de la facultad. Consigo oírlo porque a propósito me he pegado a él para poder enterarme de lo que andan tramando. Nada del otro mundo. Una noche más, sentados en esta especie de trono nocturno, acurrucados bajo esta inercia representativa del aburrimiento, a la espera de las cámaras televisivas, para entonces alzar un poco más de lo habitual la voz y entonar "Imagine" de John Lenon, esa canción que terminaré por odiar con todas las fuerzas de mis cuerdas vocales.