La peor condena


A punto de cumplir 90 años, Fidel Castro ve cómo el pueblo abandona lo que queda de país/Cuba Net

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LA HABANA, Cuba.- Todos los dictadores, por lo general, han muerto de forma trágica. Recordemos a Lenin, Mussolini, Hitler, Nicolae Ceausescu, Milosevic, Saddam Hussein, Gadafi… Otros, como Stalin, Mao, Franco y Hugo Chávez, agonizando como vegetales en sus camas.

La historia los ha condenado a todos. Ha contabilizado a sus víctimas, ha retirado sus estatuas, los ha borrado de las listas como ¨ilustres honoris causa¨, ha escrito, finalmente, la verdad sobre todos ellos.
Fidel Castro no ha muerto todavía. En agosto, si nada sucede antes, cumplirá 90 años. Aunque no lo confiesa y como siempre ha estado bien informado, sabe las consecuencias que ha tenido para Cuba su dictadura: más de medio siglo de desabastecimiento de alimentos, planes económicos fracasados, una receta que no ha dado resultado, un pueblo en extinción porque las migraciones cíclicas no se detienen.
Por su culpa, por su grandísima culpa, ha convertido a Cuba en uno de los países más necesitados del mundo, con sus miles de impedidos físicos por sus guerras caprichosas. Obligó a los niños cubanos a ser ¨máquinas de matar¨, como el Che.
Él, que participó durante meses en una guerra de guerrillas para tomar el poder y ni siquiera lo agarró una bala perdida o una rama de espinas le arañó la piel, que ni siquiera sufrió una simple herida en sedal, luego de seiscientos atentados, está predestinado a ver con sus propios ojos, a escuchar con sus propios oídos, cómo transcurre y cómo se diluye su dictadura.
Igual que un puñado de sal en un vaso de agua.
A pesar del diario y costoso andamiaje propagandístico que ordena a su favor, ahí está la Internet, donde se sabe todo y donde algún día aparecerán los expedientes desclasificados de su vieja y polvorienta Seguridad del Estado.
Morirá en su cama o en su silla de rueditas inmóviles que utiliza para recibir algunas visitas, tratando de dormir pese a esas cifras que vienen a su mente una y otra vez. No aquellas de Ubre Blanca con sus decenas de litros de leche en los ordeños que lo obsesionaban, sino las que más le duelen: los éxodos de un pueblo que lo odia y lo desprecia y que lucha por abandonarlo, los miles de fusilados, los miles de presos políticos plantados que nunca pudo doblegar, los miles que murieron mientras él dirigía las guerras desde su despacho del Comité Central, para implantar el comunismo en América Latina, los reprimidos o encarcelados por disentir, escribir y pensar honestamente.
Tal vez Fidel Castro no sea juzgado ante la ley. Tal vez no sea linchado.
No importa si se nos va en silencio por la puerta de la muerte, allí, en Punto Cero, en tierras que robó, en casas que no eran suyas.
Vivir tantos años ha sido su peor condena.