LENTO Y MANSO. POR ZOÉ VALDÉS

Leo y veo un video sobre la filmación de un capítulo más de la saga cinematográfica Rápido y Furioso, filmada ahora en un país lento y manso: Cuba. Con mayor exactitud en la ciudad de La Habana. Sí, he perdido preciosos minutos de mi vida enterándome de semejante estupidez. Nunca he visto ninguna de las anteriores películas de Rápido y Furioso, y no pienso verlas ni aunque me paguen por ello. Prefiero meterme alguno de los clavos de la programación del antiguo ICAIC, al menos ahí se podía apreciar un intento desesperado por hacer arte.

Del mismo modo tampoco proyecto ver ninguna película de este señor, actor sobrevalorado donde los haya, con tanto buen actor que hay en Cuba, por dios, quien se dice y se contradice (recuerdensu entrevista cuando compitió bailando en la televisión americana), con tal de no perder su probablemente último chance frente a las actuales exigencias hollywoodenses dirigidas a los artistas cubanos. Subrayo los artistas cubanos porque nunca antes le exigieron ni le exigen a los actores y actrices judíos que eviten tocar la política, y mucho menos condicionan a los mexicanos, ¿o es que se olvidaron ya del puño en alto de Salma Hayek cuando fue nominada al Oscar por la película Frida y de las constantes reivindicaciones políticas de Iñárritu cada vez que recibe un galardón? Pero el régimen se lleva su buena tajada.
Por suerte, no todo el mundo es igual a William Lévy. La prueba de que se puede ser un grandísimo actor cubanoamericano (lo ha evidenciado sobradamente con su trabajo) y mantener la honra intacta es Andy García.
Pero volvamos a Rápido y Furioso, filmada en medio de la lentitud y la mansedumbre de todo un pueblo. Como nunca me he asomado a una sola de sus secuencias no puedo opinar sobre la calidad o inferioridad de la película, intuyo sin embargo que se trata de un bodrio comercial más de las embrutecedoras superproducciones norteamericanas que colman las salas de cine del mundo. Sospecho, por otra parte, que el ICAIC hará un buen dinero con esa porquería, y que con el dinero que se embolse contribuirá a producir el resto de bodrios comerciales cubanos exclusivamente para consumo interno festivalero. ¿Quién gana desde el punto de vista artístico? Nadie. Los mediocres seguirán siendo mediocres y a los espectadores nadie les devolverá el dinero, ni el tiempo perdido, y mucho menos les repararán la pérdida de neuronas.
Lo curioso es que ese pueblo, que tuvo fama de culto cinematográficamente, y que se vio obligado a sonarse los clavos más vomitivos rusos y hasta norcoreanos, combinados con las mejores y más maravillosas producciones italianas, españolas y francesas, todo hay que decirlo, se entregue ahora tan dócil y vehementemente a lo que siempre tuvieron que aborrecer por plantilla: a “la violencia y mediocridad de lo peor del cine estadounidense” -según los críticos de cine oficialistas y los ideólogos del régimen castrista.
Zoé Valdés.