El derecho a renacer


Ahora que una nueva ola de emigrantes cubanos se coagula en Centroamérica, sería conveniente un repaso a lo que ha sucedido con la cresta anterior; si Miami, el paraíso que muchos soñaban, resultó ser tal; cuantos recién llegados están trabajando o estudiando; cuántos viven solos o en casas de familiares todavía. Tales preguntas vienen a tono porque algunos comienzan a aparecer en la televisión floridana pidiendo regresar a la Isla; otros, ya están comenzaron a pisar cárceles norteamericanas.  

Era previsible. No todo el mundo se adapta a la sociedad más competitiva y rigurosa de la modernidad. Lo único no predecible por el Gobierno estatal y federal era una vía de regreso expedita a la Isla para quienes jamás debieron haber salido de Cuba; una especie de Ley de Ajuste al revés: "ajustarse" a las leyes cubanas de nuevo.
Jorge Valls decía que el exilio es como un naufragio. Se pierde todo. Incluso uno mismo. En apenas unos minutos de vuelo, y parafraseando a otro poeta cubano, Eliseo Diego, ya el país no es el mismo ni nosotros tampoco. Una metamorfosis de lugares y personas. Pero lo curioso es que también para ciertos individuos es como si no hubiera pasado nada. Un viaje más; sencillo cambio de geografía, de caras y de ambientes. 
No son pocos los cubanos que quieren regresar a la Isla. Y los que ya lo han hecho después de la flexibilización de las leyes migratorias cubanas. Los datos no suficientemente publicitados enseñan  la otra cara de una emigración a veces excesivamente politizada. Otros compatriotas, creyéndose más astutos que nadie, están a la espera de la residencia para ir y venir cada vez que le apriete el zapato en una de las orillas. Nada sería condenable si no fuera porque otros cubanos piden visa y no se la dan, o se arriesgan por el mar y son devueltos a la Isla.  
"Irse" de Cuba no debería ser una decisión por ensayo y error. Si alguien sale de Cuba diciendo que "allí no se puede vivir", entonces es que la situación es invivible; una suerte de prisión, dicen. De modo que cualquier bocanada de aire fresco, un trozo de pan o algo mejor que una bicicleta para moverse siempre serán bienvenidos. Un trabajo que permita vivir del propio sudor sin robarle "al Estado" debe ser agradecido; un cuartico pequeño podría ser un palacio pues, aunque alquilado, no es la suegra ni los abuelos quienes disponen de él.
La idea de salir de Cuba y no regresar necesita convicciones; de más razones que emociones. No se renuncia a Cuba porque hay necesidad material sino porque hay carencias espirituales, y la frustración material es consecuencia de la pérdida de esperanzas y metas a largo plazo. Cuando se invierte la ecuación, y las personas se van solo de Cuba solo en busca de mejorías económicas, a menudo no encuentran ni lo material ni el espíritu que emana de su concreción.
Siempre será duro ser emigrante, en toda época y lugar. Para el caso cubano podría ser una buena alegoría de nuestro "cimarronaje" pues los isleños nos "escapamos", no nos vamos; a los cubanos "nos liberan" de la hacienda, nunca nos dan la libertad para pasearnos cual dueños por ella; los cubanos que nos hemos ido de Cuba no tenemos amos, pero tampoco tenemos Páter porqueeste nos ha desheredado por decreto. Los cubanos que nos hemos ido de la Isla solo tenemos monte por delante.  Desbrozar la manigua es una tarea peligrosa, de no acabar nunca. En la hacienda todo siempre será más fácil, ordenado, predecible: una libra de bacalao o tasajo, un techo garantizado, un médico —los mejores de Cuba, escribe Manuel Moreno Fraginals en El Ingenio, pasaron por sus plantaciones— y hasta un "cura" que enseña un catecismo único, para que no hayan "herejías".         
Una de las grandes diferencias entre las generaciones de cubanos llegados a estas tierras es que los primeros cargaron con muchos dolores, pérdidas, desencuentros. Los tiempos y las personas cambian. Pero básicamente las causas por las cuales nuestros abuelos y padres emigraron de Cuba todavía existen. Para ellos el concepto de libertad estaba más claro. Libertad para ser responsables de sus propias decisiones y afrontar, sin mirar atrás, las consecuencias. En Cuba todavía persiste la idea fomentada por el régimen de que los primeros exiliados la tuvieron "fácil" aquí. Que vinieron llenos de alhajas y con bolsas de dinero, y compraron un Miami hecho.
Hay que vivir en la llamada Capital del Sol para oír los relatos desgarradores de quienes rodaban un Cadillac en La Habana y a los pocos días lavaban platos en una cafetería de La Pequeña Habana. Por eso es entendible la frustración y el encono cuando oyen hablar de emigración económica, de "ayudas", de regresar a la Isla tan pronto tengan "los papeles".
Sin embargo, son los cubanos arrepentidos quienes más podrían sufrir por llegar al país equivocado en el momento equivocado. Quienes desean regresar ni padres adoptivos podrán tener. Han visto las peores caras del socialismo y del capitalismo, y no serán de confiar por nadie. Podría sucederles como a los cimarrones que regresaban a la hacienda después que en el monte, entre tanta hambre y animales salvajes, no encontraban la libra de bacalao que les cortaba el mayoral. Siempre serán cimarrones y habrá que vigilarlos.
Es habitual que cada cubano que ha decidido tener a Estados Unidos como su país de adopción sepa el día y la hora en que tocó esta tierra por primera vez. Y lo exhibe a veces con orgullo desmedido, como si de una carrera profesional se tratara. La frase de presentación suele ser: "Yo volví a nacer el día tal de tal año". Y después, como para comparar experiencia, éxitos y darle consejos al interlocutor, preguntan cuándo has "nacido" tú.  
Todo cubano que emigra, me dijo un día un ingeniero agrónomo exilado hace casi 30 años, debe ser como una semillita que se echa en el surco y muere; muere para después renacer y volver a dar frutos. Entendamos que para ciertas personas morir, enterrar su pasado, puede ser muy duro. Pero es un derecho respetable. El derecho a escoger quien le corte su bacalao. También debería ser inviolable el derecho humano a salir y entrar de la hacienda, y cortar el bacalao uno mismo. El derecho, incluso, a coger pal’ monte… y renacer.