La cada vez más infame campaña contra Donald Trump



Escrito por Roberto Luque Escalona    Martes, 21 de Junio de 2016 14:01   
Libre

Desde que llegué de Cuba, hace 24 años, y escuché la frase “políticamente correcto” supe que el comunismo había llegado antes que yo. En cuanto a la inmigración masiva de mexicanos, siempre la consideré perjudicial, que cuando una nación cambia su composición étnica deja de ser lo que antes había sido. Ese constante flujo de personas extrañas a los valores americanos y educada en el odio a los Estados Unidos me pareció, y me sigue pareciendo una desgracia.


Por motivos que quisiera poder explicarme y explicarles, los países que surgieron de la desaparición del Imperio Español son todos, en mayor o menor medida, un fracaso, y México es el peor de todos. No porque sea el más atrasado ni el más pobre ni el peor gobernado, sino por lo que era antes de independizarse. Por ejemplo, a pesar de sus muchos tropiezos, Argentina es hoy muy superior a lo que el Virreinato del Río de la Plata fue en su tiempo. México, en cambio, no puede ni compararse al Virreinato de la Nueva España, del cual surgió.

En 1779, cuando las Trece Colonias inglesas comenzaron su lucha por independizarse cualquier comparación con la Nueva España hubiese sido ridículo. El territorio del Virreinato era mayor, su población más numerosa, mayores eran sus riquezas y entre su vida cultural y la de las colonias anglosajonas había un abismo; nadie hubo en ellas como sor Juna Inés de la Cruz, uno de los grandes nombres de la poesía en español, ni como Juan Ruiz de Alarcón en el teatro. Eso, para no hablar de la Arquitectura. 

Sólo en la experiencia del autogobierno eran superiores las Trece Colonias. Sin embargo, al convertirse en los Estados Unidos de América, su marcha hacia la grandeza no se detuvo, mientras que el antiguo virreinato convertido en república se hundió en el caos, el despotismo y el atraso. Hoy, a seis años de cumplir dos siglos de independencia, México atraviesa uno de los peores momentos de su sangrienta historia, lo que es mucho decir. Los asesinatos de los narcos, los del gobierno y los linchamientos del populacho indignado me hacen recordar al Rey David, no por Las Mañanitas que dicen los mexicanos que cantaba, sino por el “valle de sombra y de muerte” del que habla en el Salmo 23. Eso es hoy México. Casi todo México, que hay oasis de paz y civilidad en Mérida y Querétaro; pero de esos lugares  nadie emigra.

En suma, que cuando Donald Trump, a quien nunca le presté mucha atención, comenzó su campaña repudiando lo políticamente correcto y prometiendo terminar con la emigración ilegal, me sumé sus filas. Con reservas. A menudo me sacaba de quicio, como cuando pretendió negarle a John McCain su condición de héroe de guerra porque “se dejó capturar” o cuando llamó fea a Carly Fiorina. 

Esos detalles irritantes me mantenían a cierta distancia. Tanto así, que en las primarias de la Florida voté por Ted Cruz, que también me simpatizaba, aunque quizás me deje llevar por el atavismo cubano. Pero poco a poco me fui decantando por Trump hasta convertirme en un decidido partidario suyo. Pero un partidario no es un incondicional. Nunca, ni siquiera en mi obtusa juventud fui incondicional de nadie. Ahora, la campaña anti-Trump ha alcanzado unos niveles de vileza y estupidez tales que amenazan con hundirme en la incondicionalidad.

Insultos y más insultos. Diatribas y más diatribas. Tan repugnantes que le provocarían nauseas a un buitre si los buitres pudieran leer. Sólo dos ejemplos, originados en lugares tan lejanos como España y California. 
En El País, una periodista llamada Valeria Luiselli dice que Donald Trump tiene “pinta de proxeneta trasnochado”. Mis incursiones en el submundo de la prostitución fueron muy escasas. Como consecuencia, nunca conocí a un proxeneta, ni trasnochado ni sin trasnochar. Quizás Valeria conoció a muchos, y si de insultar se trata, me atrevo a sugerir que pudiera haber trabajado para alguno de ellos. En todo caso, su periodismo es putanesco.

Desde San Diego, California, Rubén Navarrete se le va por encima en cuanto a vileza. Estas son sus palabras sobre Gonzalo Curiel, el juez en cuya imparcialidad no confía Trump, que, según Navarrete, “arriesgó su vida para perseguir a narcotraficantes mexicanos  mientras era fiscal federal y que ahora deber lidiar con un flagelo quizás más odioso: Donald Trump”.

Demagogo, patán, fascista, payaso, ignorante, racista. Todo eso es puro bla bla bla. Lo de Navarrete rebasa todos los límites. ¿Peor flagelo que los narcotraficantes? ¿A cuántas personas ha asesinado Donald Trump? ¿A cuántas ha destruido por medio de la droga?

Rubén Navarrete es americano. No debiera serlo. Este país no debiera haber admitido a personas procedentes de un país donde se le odia. Ningún país debe aceptar inmigrantes que odian al grupo creador de la Nación. ¿Alguna vez  llamé “blancos” a los anglos y otros descendientes de europeos como lo hace Navarrete? Blanco soy yo; por eso soy asimilable. Rubén Navarrete, que nació aquí, no lo es; no puede serlo porque se siente miembro de un grupo humano inferior. Por eso odia al hombre que pudiera estar destinado a preservar la identidad nacional, la identidad de la nación cuya grandeza debe ser destruida para satisfacción de aquellos que se sienten inferiores. Y de hecho lo son.