Blanquearle la cara al castrismo

La era del perdón de Occidente a Cuba está llena de eufemismos y maquillajes para arreglar la piel de la más vieja dictadura del hemisferio.

Al régimen cubano muy pocos medios de prensa y líderes de opinión quieren —o se atreven a— llamarle dictadura, sino Gobierno. Las manadas de empresarios antiembargo cuando van por mojitos y cubalibres al hotel Inglaterra no se reúnen con los lacayos castristas sino con funcionarios del Gobierno.
En caso de que la hubiere, los visitantes no hacen una exigencia sino una petición. Está claro, los cómplices no se restriegan las cosas entre sí, se hacen recomendaciones.
Las largas jornadas de pugilateo con los desalmados sostenedores del autoritarismo verdeolivo son "sesiones de trabajo". Los escupitajos que la prepotencia castrista y castrense lanza a sus interlocutores reciben el nombre de "tensas relaciones".
Lo que pasa Cuba adentro es otro tanto.
La policía se hace acompañar de testigos para registrar una vivienda, y no para allanarla, nunca para asaltarla. Aunque esos "testigos" sean miembros activos de los ya tristemente célebres Comités de Defensa de la Revolución (CDR) o las Brigadas de Respuesta Rápida. En caso de que el registro cuente con la oposición de los moradores —porque las fuerzas policiales casi nunca presentan órdenes judiciales al efecto—, los "aguerridos combatientes" usan la fuerza, casi nunca desmedida.
Nadie quiere hablar de secuestro en la Isla, ningún medio le da crédito a ese acto habitual, porque a fin de cuentas las desapariciones solo duran horas —o días si el detenido ha sufrido magulladuras visibles. Jamás un corresponsal extranjero va calificar así una detención, mucho menos lo va decir una legación diplomática. En todo caso si el rapto conlleva las conocidas patadas y piñazos le agregarán el adjetivo de arbitrario. No importa que los familiares se desgañiten indagando la suerte del desaparecido por cada estación policial. Ningún graduado de una escuela militar de nivel superior va a revelar el paradero de un ciudadano guardado bajo llave, porque seguramente esa información la quieren para "desprestigiar a la revolución".
Los tiempos cambian y ya nadie le llama cuartel a una unidad (policial o militar, aunque los ministros de ambos cuerpos castrenses estén bajo la misma batuta). Las fuerzas en un país socialista están para cuidar el orden y no para ejercer la represión, lo demás es difamar, y eso es penado en cualquier parte del mundo.
Es difícil escuchar decir que los policías cubanos propinan golpizas, ellos reducen a los revoltosos a la fuerza. Nadie quiere hacer de aguafiestas en la luna de miel que vive el castrismo. No hay en la Isla cipayos ni paramilitares, sino simpatizantes del Gobierno.
Estamos en 2016 y los vecinos se acercan al Gobierno y no al Gobierno comunista. Cuando vuelven a Europa o a los diferentes estados de EEUU prefieren decir que han conversado con La Habana y no con la dictadura castrista.
Raúl Castro sonríe, ya ha dejado de ser un déspota para lucir la piel de un vecino difícil.