Hombre en estado de desgracia


Por Zoé Valdés/Libertad Digital
Una fuente muy cercana a François Hollande afirmó durante una cena parisiense entre amigos que el presidente vive en una especie de nube desbordante de "falsas ilusiones", ajeno por completo a la realidad que lo rechaza y reniega de él, eufórico e imbuido de la idea de que será reelecto en el 2017.

No importa si su popularidad cae en picado, no importa si ha molido en picadillo a un país ya hecho trizas. Hollande delira, Hollande fabrica castillos de ensueño. Y, sobre todo, no oye a nadie. Mucho menos pone atención a las continuas broncas entre sus ministros y tampoco observa el malestar que se instala y sube como la espuma en el palacio del Elysée. Nadie lo quiere, y lo peor, no se quieren entre ellos. Él tampoco se muestra muy cariñoso que digamos, pero todavía cree que sabe hacer chistes oportunos. Su ventaja, se dice, es la broma.
Hollande se ha reafirmado como un bromista, eso dice él de sí mismo. Su lado guasón lo ha beneficiado en su comentado éxito con las féminas, pero ese mismo detalle persistente de su carácter ha comenzado desde hace rato a hartar a sus colaboradores, sí, aunque se rían a mandíbula batiente fingiendo que todavía sus pujos funcionan, en verdad ya no lo tragan. El presidente provoca náuseas, arcadas, vómito.
Hollande es un hombre en estado de desgracia, pero la Appeal of Conscience Foundation lo ha distinguido recientemente como un obrador de la paznombrándolo el jefe de Estado del año. Lo mismo que cuando a Obama le dieron el Nobel de la Paz sin haber hecho nada por la paz. Entonces, Hollande, como el pato presumido que es, se ha encasquetado su costoso esmoquin, ha cargado con su peluquero a ocho mil euros mensuales, y por allá por el Waldorf Astoria en Nueva York se ha dedicado a tararear una melodía de jazz y hasta ha lanzado un discurso en inglés. Un inglés bastante mediocre, que ha provocado en el público algunos avergonzados movimientos de cabeza y ocultas risitas.
Nadie aguanta a Hollande, la mayoría de las personas que conozco y que votaron por él confiesan sin ningún remilgo que votarán por Marine Le Pen. Así es, semejante efecto producen Hollande y su hollandismo. Un rechazo visceral que impulsa a los votantes a asirse de los extremos y a entregarse sin escrúpulos en los brazos de la ultraderecha.
Pero Hollande persiste, y saca entonces a su escondida novia de debajo del tapete, a la socialista niña bien de cuna y alcurnia Julie Gayet. Hablan de ella en la prensa seria y en la del corazón, con la intención de que alimente la quimera de una posible boda, en caso siempre de que salga reelecto. Hollande chantajea con colmar a Francia de agasajos y azahares y aspira a hechizarnos con el espectáculo de su tan inusitada boda. Recuerden que, aunque padre de varios hijos, jamás aceptó casarse con sus anteriores mujeres.
Hollande ha ido de soltero por el gobierno, de novio furtivo, de seductor con mirada desparramada, pero ahora se nos vende como el probable amante esposo de una actriz, productora de filmes de izquierda, a cuál más soporífero, madre de dos hijos. O sea, Hollande imita a Nicolas Sarkozy cuando se empató con Carla Bruni, pero la prensa que tanto criticó entonces al presidente y a la modelo devenida cantante, ahora calla y aprueba. ¡Es la izquierda, estúpido!
El caso es que Hollande podrá hacer un esfuerzo enorme en izar y remodelar su imagen, pero el pueblo está hasta el pecho de la libertad que lo guía en el célebre cuadro de Delacroix. Hasta las mismísimas tetas.
Su impopularidad ha dado como resultado, reitero, que aquellos que se desvivían por un programa socialista ahora recurran al tremebundo programa lepenista. Y así vamos, remando a orillas del Sena, a contra corriente, y en una lujosa balsa que aquí llaman muy elegantemente bateau-mouche. No, no se parece en nada a aquella que me ahorré al salir de Cuba. Pero esta otra será la que probablemente, por culpa de Hollande, me conduzca ahora a los remates del planeta. Lo que trajo el barco.