El arte de la alarma, de nuevo


Una gran verdad este artículo, y no es que uno no tenga que cuidarse de un ciclón, pero, en ningun momento yo vi ninguna playa con grandes olas, típicas de un huracán categoría 4, aun cuando el mismo este a 200 millas de la costa. Se pasaron, sin contar que ponían el radar mostrando grandes bandas de agua y en Miami, un chubasco si acaso. Me parece que las personas merecen respeto, y no ser alarmadas sin razón. Los meteorólogos saben muy bien cuando huracán va o no a llegar a la costa y su intensidad, saben si disminuyen los vientos, y ellos se mantuvieron hasta lo ultimo metiendo miedo, inaceptable. MB
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Entre el espectáculo y presagios siniestros, el paso o la amenaza de un huracán en Florida se ha convertido en un negocio anual para bodegueros, ferreteros y políticos/Redacción CE, Madrid | 07/10/2016 2:53 pm/Cuba Encuentro



Una vez más, la prensa y los políticos de Miami se lanzaron a tratar de sacar el mayor provecho posible ante la amenaza de la llegada de un huracán. Difícil precisar si era más risa que espanto lo que provocaban las imágenes del alcalde del Condado Miami-Dade, con rostro preocupado, rodeado de policías —¿pensaron en algún momento en detener al ciclón?— y una traductora de lenguaje de signos al frente, advirtiendo a todos y paralizando por completo a la ciudad por un día. Lo mejor es que siempre estuvo acompañado —en un segundo plano, pero conspicuo— por un comisionado condal que no hace tanto fue arrestado por conducir ebrio su motocicleta en Cayo Hueso, y luego en el juicio salió absuelto.
La cara seria del comisionado seguro habría irritado a Hemingway, quien consideraba que la mejor manera de pasar un ciclón era con una botella de ron a mano. O quizá no. Pero el hombre daba la impresión de estar a punto de ingresar en “cicloneros anónimos”.
Aunque el récord en eso de buscar visibilidad y hacerse importante, aprovechando un huracán, lo sigue ostentando el gobernador de Florida, Rick Scott. Su frase del día fue: “This storm will kill you”, y había algo siniestro en el tono. Con su gorra con el letrero de “Navy”, Scott parecía a punto de embarcarse en el portaviones para dirigir la flota del Caribe contra la tormenta.
Aunque no fue solo una actitud local, condal y estatal. En todo el país la televisión parecía desesperada por buscar una visión aterradora en el oleaje de las playas. Lo curioso es que nunca se detenían en un mapa del tiempo, que mostrara con exactitud el lugar donde se encontraba el huracán y el alcance de los vientos. Ninguna imagen estática que permitiera por un minuto percatarse de la situación. Siempre la apariencia de vértigo, el presagio imponiéndose a la predicción.
Ese énfasis en presentar la tormenta de la peor forma posible, de convertir una ráfaga de aire en viento huracanado; de tornar una lluvia ocasional en peligrosa inundación, dominó a la televisión en inglés y en español de Miami. Transmitiéndose sin cesar, luego de que en días anteriores todos los canales se dedicaran al objetivo de alterar lo más posible la vida de los ciudadanos, al punto de que estos se vieran compulsados a acudir a los supermercados, las gasolineras y las ferreterías, a gastar el sueldo de la semana, la quincena o el mes.
No se trata de un viejo refrán: “hay que prevenir para luego no tener que lamentar”. Tampoco de pasar por alto las cambiantes condiciones atmosféricas que afectan el curso, las dimensiones y el poder destructivo de un ciclón.
La disyuntiva —tanto en este como en otros casos en que existe una situación de peligro— no se presenta entre informar o no informar a la ciudadanía. Tampoco se trata de restringir la divulgación de noticias. Lo cuestionable es la utilización repetitiva de una sola noticia —la cercanía o lejanía del huracán— para conseguir un elevado nivel de audiencia.
Más allá de la necesidad de estar bien informado, los ciclones en Florida —o su amenaza— se han convertido en un negocio redondo para constructores, ferreteros y bodegueros. Un evento que seguro ya calculan anualmente, al igual que las ventas navideñas o el regreso a la escuela.
Las graves consecuencias del paso por Florida de cualquier tormenta tropical obedecen fundamentalmente a dos factores: la pésima calidad de la construcción de viviendas y el costo excesivo de los seguros de propiedad.
En vez de enfrentar ambas cuestiones, la prensa y los gobiernos estatales y locales se dedican a difundir el temor, a fin de mantener a la ciudadanía entretenida clavando tablas y comprando agua y gasolina, y que así olviden el exigir responsabilidades.
Cada vez más, la técnica del miedo se está imponiendo peligrosamente en la sociedad norteamericana. En momentos en que —gracias al desarrollo tecnológico y económico del país— se pudiera pensar que, como consecuencia lógica, viviríamos una vida más segura, ocurre todo lo contrario. Poco falta para que regresemos a la época de realizar sacrificios e invocar a los dioses ante cualquier tormenta.
Al aparecer un ciclón en las pantallas floridanas, durante días asistimos al penoso espectáculo de contemplar locutores mostrando cara de susto; meteorólogos repitiendo una y otra vez los mismos datos; y gráficos en la pantalla que en lugar de esclarecer parecen destinados a imponer la presencia de un monstruo incontenible. Un espectáculo diseñado para anular la capacidad de razonamiento durante semanas.
En toda ocasión que un huracán amenaza Florida, la televisión se ocupa de alimentar esa ya vieja superstición denunciada por Borges: creer que en cada momento ocurre algo que debemos conocer. Nos lanza a la calle a gastar dinero y nos integra en una espera tensa —alargada gracias a la multiplicación de recursos— en que dependemos y confiamos de cálculos que son imprecisos por su propia naturaleza.
No hay canal de televisión local que no presente a sus periodistas realizando su informe bajo una lluvia pertinaz; ofreciendo una ilusión de peligro por la cercanía de la costa y enfrentando estoicamente el viento. Mientras el pobre reportero o reportera soporta los embates de una lluvia más o menos fuerte, los minutos de transmisión se alargan inmisericordes —durante un huracán, es cuando único se pierde el sentido de la síntesis y prontitud que caracterizan a las noticias por televisión— y los presentadores en el estudio insisten con preguntas que solo tienen como fin el mantenerlo bajo las condiciones más inclementes. La cámara solo se desvía del rostro, ultrajado por el clima, para enfocar las ramas de los árboles azotadas por la furia de los elementos. Todo hecho con el fin único de satisfacer el ansia novelesca de los espectadores, que en sus hogares observan a buen recaudo.