Por Zoé Valdés
Se acabó la película de Obama. O le queda poco, una tirria. Ha sido una pésima película. Y sin embargo se irá con sendos filmes reales sobre una vida insulsa, producidas por ese Hollywood postrado de rodillas ante el comunismo y el islamismo. En esas cintas cuentan que si tuvo una novia blanca de juventud, que si fumó mariguana y esnifó cocaína, que si era un inadaptado (ya saben, inadaptado social, no artístico), que no se sentía bien con nadie, con ninguna, con ninguno, ni en ningún sitio, hasta que llegó al poder. El poder era lo suyo. Bah. Minucia. Porque, ¿qué hizo Obama de trascendental para que le dediquen dos filmes? Dos filmes, nada más y nada menos. Lo único que ha hecho Obama es ser socialista y pusilánime, colaborador de tiranías, armador de terroristas, jugar al golf y vestir trajes caros. Petulante. Ni con Bush hubo más negros muertos que con Obama.

Obama salió presidente sin mucho bagaje político, le regalaron el Premio Nobel de la Paz, no por presidente, melanina mediante, a unas semanas de haber sido electo jefe de Estado de la primera potencia mundial en vías de ser la segunda. Después de eso en su país cundió el terrorismo casero y la mayoría de las muertes tanto de civiles como de policías ha sido en contra de negros. Armó a Daesh en Siria, no sin antes tirar su bombardeo bobo. Recibió un país que era la primera potencia mundial y lo entrega semidestruido moral y económicamente, y siendo ya la segunda potencia. La primera es Rusia. Putin manda en el mundo.
Se va Obama y con él se largan los boniatos sembrados en el jardín de la Caca Blanca por Michelle, su malgeniosa esposa (por todo pone cara de disgusto, como cuando el selfie de su marido con la rubia en el entierro de Mandela). Una primera dama que no ha parado de bailotear y brincotear, simulándose la graciosa y la más alegre del huerto, y de gastar millones en sus vacaciones acompañada siempre de sus hijas y de su madre.
Sí, se acaban Obama y sus chulerías, los malos chistes que más que malos chistes son pujos forzadamente expulsados, como esos pedos renuentes a serlo. Se acaba el estilo progremillonario, y la diarrea de fotos del poderoso con niños en brazos, hasta revolcado por el suelo intentando llamar la atención de un bebé al que nadie le importó que recogiera los microbios de la alfombra, ni a la madre, con tal de la foto. Si eso lo hubiera hecho un presidente republicano ya me dirán si no le habría caído hasta Mazamba encima, o se hubieran burlado de él tirios y troyanos. No, pero con Obama todo son gorjeos y melosidades. Es el negrito sabrosón y bonitillo de la izquierda europea siempre tan racista. El del pasito arrastrado tipo el ricosón del barrio.
Se va, por fin, ya era hora, el mal gusto de su señora esposa, una primera dama a la que siempre le elogian los diseños que tan mal porta el perchero chambón de su tenso cuerpo. Qué descanso.
Dirán, contradiciéndome, que Obama mató a Osama ben Laden, dije bien "mató", y no "abatió", que es el término políticamente correcto. Pero yo no soy políticamente correcta, y a Osama ben Laden había que matarlo y no abatirlo. Obama no mató a Ben Laden. A cualquier presidente de turno le habría tocado el papel de presenciar la captura y muerte de Ben Laden, como le tocó a él, estaba programado y previsto que eso sucediera. Capturado no fue, ajusticiado sí. Aunque tampoco nos enseñaron el cadáver. Anunciaron en su momento que lo tiraron al mar envuelto en una sábana blanca, qué detalle, ¿de lino, de seda? Cataplum. Al océano, donde jamás existirán huellas de la tal muerte.
En fin, el mediocre largometraje de Obama ha llegado a su desenlace. Sin embargo, él se empeña en un tercer mandato, al menos sueña con esa quimera nostálgica ya, y se atreve a anunciar aquello de que si él se hubiera postulado le habría ganado a Donald Trump, menospreciando una vez más a Hillary Clinton, a la que pisotea tras su sonadísima derrota. No se dispara sobre una ambulancia, dice el refrán, pero Obama dispara con un lanzacohetes. Total, a él qué le importa, se supone que ya se va.
Se va, sí, pero por ahí anda el runrún sobre Michelle. Sí, tienen a Michelle, a la que están preparando, según afirman los ilusorios demócratas, para el futuro de un nuevo régimen en Estados Unidos. El régimen obamunista. La cosa termina, pero no del todo, querrán significar con esos signos y señas. La malvada prensa de izquierda secunda el empeño y empecinamiento. "Bombonchie, chie, chie, bombonchie chie cha, Michele, Michele, ra, ra, ra". Todo es posible en el reino guarapachoso de Obama.
Por el momento, lo que toca es Trump. Obama Final Cut.