De muros, ridículos y delirios


Todos los medios españoles se lanzaron hace unos días a una batalla gallarda, más aún, heroica, en defensa de la lengua española que, según denunciaban, había sido mancillada por el vicioso y rijoso magnate convertido en presidente norteamericano. Era la prueba que todos necesitábamos para saber que nuestra ira contra ese ser abyecto tiene también sólidas razones patrióticas. Trump, decían, había ordenado desmantelar las páginas en español de la Casa Blanca. Como había hecho con otras páginas, movido por sus bajos instintos de racista, misógino y homófobo. Y más cosas. Tertulianos y columnistas, cómicos y políticos de todo color salieron a insultar y descalificar a ese individuo, canalla y antiespañol, todo él maldad y bajeza. Cuánta sagrada indignación se vivió en España por el mero rumor de que Trump podría tratar a la lengua española casi tan mal como hacen impunemente desde hace décadas las instituciones de varias regiones españolas. Si se preocuparon por la página española de la Casa Blanca hasta Enric Juliana, rufianes varios y otros cabecillas de las afrentas y atropellos en Cataluña a los españoles leales a la Constitución y a España. Gran enfado por «la ofensa a la lengua de 50 millones de norteamericanos». No por la que sufren millones de españoles que no pueden aprender, estudiar, trabajar y vivir en español. La indignación resultó gratuita porque la información sobre Washington era falsa. Como tantas que los medios en todo el mundo fabrican sin cesar en su cruzada delirante contra Trump. La página estaba siendo restaurada. No hubo fe de errores o «mea culpa» de nadie. ¿Honradez para qué? Si es contra Trump.

Da igual que esa noticia fuera tan falsa como otras, porque Trump merece esos insultos, según han decidido las almas pías. En todo hay motivos para la siguiente carga de exabruptos en las radios, las teles y la prensa. Trump además está decidido a cumplir sus promesas. Esto horroriza más a la derecha española que a la izquierda. Esta derecha que jamás se atreve a acabar con los hechos consumados que genera la izquierda con sus reformas devastadoras en lo moral, político, cultural y económico que la cobardía conservadora siempre hace irreversibles. Trump va a combatir la peste cultural de la corrección política que ha llevado a los extravíos últimos de la deriva sesentayochista que ha sido el obamismo. Y ya está desmantelando la red de financiación norteamericana de enemigos de la sociedad abierta en la ONU y fuera de ella. Se puede estar en contra. Pero no negar el derecho a EE.UU. a tener otra política distinta. Otro tanto ha sucedido con el muro en la frontera con Méjico. Que comenzó Bill Clinton hace más de veinte años. Todo el mundo está ahora histérico porque lo quiere completar Trump. Se oyen ridiculeces obtusas como que viola los derechos humanos el hecho de que EE.UU. tenga una frontera que se respete y no sea un coladero. Ya pasó con el húngaro Viktor Orban cuando fue el único en la UE que cumplió las leyes frente a la masa de refugiados. Y construyó una valla fronteriza. Le llamaron fascista, pero todos los vecinos tienen ya la misma valla. Y ha traído orden. Y frenado el atropello y la ilegalidad. Trump tendrá que arreglarse con Méjico como con los países con los que deja de tener acuerdos multilaterales. Lo hará. EE.UU. tiene derecho y soberanía para cambiar su política. Y siendo Trump como es, habrá sobresaltos siempre. Pero el periodismo, también en España, debería tomarse una tila, porque el ridículo que hace desde que apareció Trump en escena alcanza ya niveles delirantes.