ZOÉ VALDÉS – FRANCIA, TODAVÍA MÁS BAJO | LIBERTAD DIGITAL


Hace unos años tuve la ingenuidad de pensar que Francia no continuaría en su descenso acelerado, que algo extraordinario sucedería y la caída se detendría, y que este país volvería a recuperarse escalando hacia el sitio que supongo yo le corresponde. Actualmente no pienso igual, no sólo Francia ha caído en lo más rastrero y bajo, además puede continuar haciéndolo. Observándose impertérrita en su monumental y vertiginoso derrumbe.

La prueba es que, a pocos meses de las elecciones presidenciales, en Francia nos hallamos desgobernados por un presidente, François Hollande, cuya impopularidad ha sido tan notable que él mismo decidió no presentarse a un segundo mandato. Sin embargo, a su lado la basura es tan netamente incomparable que recién nos dio la noticia de que tal vez lo haría.
Por la izquierda tenemos a dos mediocres ultrarradicales, Benoît Hamon, del Partido Socialista (el mismo que defiende los cafés para hombres musulmanes solo porque, según dijo, en una época existieron cafés de obreros en los que la entrada de las mujeres estaba prohibida; claro, ha olvidado el tiempo transcurrido y el esfuerzo de las mujeres para conseguir ser tratadas con igualdad en lugares públicos), y Jean-Luc Mélenchon, del Frente de Izquierda (un bestia que cuando se murió el sátrapa de Cuba fue a hacer un discurso engolado junto a una estatua de Simón Bolívar, ignorando que los cubanos no tenemos nada que ver con el venezolano y que, no sea para manchar más a José Martí, en París existe una Place José Martí con su busto).
Por la derecha, una derecha tibia y centrista, detentamos a François Fillon, que ya fue primer ministro de Nicolas Sarkozy (de eso hablaré más adelante).
Por la ultraderecha conservamos a la ya archifamosa Marine Le Pen, heredera de su padre, jefe supremo del Frente Popular, y la más popular, aunque se empeñen en llamarla populista, todavía no lo es, por el momento.
En cuanto a novedad, pues ahí ostentamos para asombrarnos todavía más a un Emmanuel Macron, un nini, que según él no es ni de izquierdas ni de derechas, aunque fue ministro de economía, de industria y de asuntos numéricos de François Hollande, o sea un antiguo ministro socialista, que para mí es un caballito de Troya de ellos.
Este señor se nos ha aparecido como un mago sin chistera, con su movimiento En Marche, que de marchar no marcha mucho, porque para colmo el candidato ha anunciado que no presentará su programa de gobierno hasta que no sea elegido. ¡Le retraquetea el mango! Así que no habrá programa de gobierno hasta que no lo elijamos. Vaya, cuán democrático es este señor. Y, sobre todo, ya vemos cómo no puede desembarazarse de su pasado de banquero, que no es que te quite el dinero, es que tú se lo metes en el bolsillo.
Con este tipo de elemento andamos, a ciegas, a bastonazos y más acongojados que la congoja misma. No, Europa no se encuentra triste por culpa de Donald Trump, Europa se siente triste por personajes como estos, por culpa de la desidia de la Unión Europea, que es el verdadero peligro para la propia Europa. Europa se siente triste por Francia, por Alemania, y por la cola que les sigue.
De François Fillon, qué quieren que les cuente. Ha sido el primer ministro que más barbaridades ha cometido en contra de su presidente, Nicolas Sarkozy, la envidia le devoraba las entrañas. Él no deseaba ser solamente primer ministro, de ninguna manera, él anhelaba con su sonriente e hipócrita silencio y con todas las fuerzas de su alma ocupar además el puesto de presidente. Casi lo consigue, estuvo a puntico. El problema de Fillon es su ambición, ambición también la de su mujer, Penélope Fillon, a la que recuerdo encantada codeándose con lo más selecto de la Arabia Saudí en París.
Ahora sabemos que Madame Fillon recibió 930.000 euros sólo durante un año debido a unos empleos ficticios proporcionados por su marido. También se beneficiaron dos de sus hijos, quienes recibieron alrededor de 83.000 euros cada uno en un año por convertirse en asistentes de su padre, al que al parecer no asistieron para nada.
O sea, lo que en la antigua Cuba de la Chambelona se llamaba botella, lo que ahora mismo tienen Mariela Castro y toda la retahíla de parentela de los Castro: botellas. Pues sí, eso los estamos viendo en Francia. A eso se ha reducido el tesoro de la especificidad francesa.
Fillon podrá argüir que se trata de un golpe de Estado constitucional de la izquierda, que esto nunca había sucedido antes en este país. Bien, que diga lo que a él le dé la realísima gana de decir, pero lo que sí es verdad es que antes no había producido este país personajes tan arrogantes, envidiosos y marrulleros como él mismo. Aunque no es el único, claro que no.
Francia es un país de jóvenes tristes, de trabajadores desesperados, de ricos exiliados. Francia es un país gris, rancio, y desubicado, que le sigue los pasitos de burro desnucado a Alemania en todo lo que se le ocurre a la señora Ángela Merkel. De hecho, Fillon viajó allá muy hinchado a reunirse con Merkel en medio de toda esta barahúnda del dineral que recibió su esposa, casi un millón de euros en un año por no hacer absolutamente nada. Y de allí regresó con el rabo entre las patas, y las peludas cejas todavía más caídas.
Ahora sí que creo que Marine Le Pen ganará ampliamente las elecciones. Entonces razones sobrarán para andar todavía más tristes. Marine Le Pen no es Donald Trump. Ni lo sueñen.