La fruta madura


Escrito por Roberto Luque Escalona   Martes, 02 de Mayo de 2017 15:22   / Libre

John Quincy Adams, Presidente de Estados Unidos entre 1826 y 1829, sustentaba una teoría sobre el futuro de Cuba según la cual, la isla caería en poder de este país por un proceso natural, como la fruta que cae del árbol cuando está madura. Como todas las frutas, Cuba maduró; sólo que cayó en malas manos.

El proceso de maduración comenzó un siglo después de la Presidencia de John Quincy Adams, cuando se fundó en Cuba el Partido Comunista. Entre los fundadores estaba Fabio Grobart, judío polaco enviado por la Internacional. Pero el principal, el verdadero fundador no fue Grobart, sino Julio Antonio Mella.


Hijo de madre soltera nacida en Inglaterra (pero de evidente origen irlandés) y de un mulato dominicano, su verdadero nombre era Nicanor McPartland. Demostrando tempranamente su talento, antes de llegar a la Universidad ya se había inventado un nombre doble y sonoro, Julio Antonio, y adoptado el apellido del padre ausente, Mella.

Sin duda, era un ser superdotado. Como deportista fue campeón nacional de remos en la modalidad de cuatro con timonel. Deporte dominado por los clubs de gente adinerada, Mélla compitió por el Centro de Dependientes del Comercio en una canoa en la que remaron otros dos jóvenes que también serían famosos: Pincho Gutiérrez (manager de Kid Chocolate, de Black Bill y de Luis Galvani) y Pepe Barrientos, corredor de cien metros planos de nivel mundial y aviador.

Ya en la Universidad, acabó a golpes con la fea tradición de las novatadas, encandiló a las muchachas con su buena presencia, creo la Federación Estudiantil Universitaria y la revista Alma Mater, y, lo fundamental para el tema de este artículo, fundó también el Partido Comunista.

No fue el primer partido marxista de América Latina. Otros contaron con teóricos de cierta importancia (cosa que Mella no era), como el peruano José Carlos Mariátegui y el argentino Anibal Ponce. En México los izquierdistas tuvieron un líder de nombre tan sonoro como el que se inventó Nicanor, Vicente Lombardo Toledano, y un pintor devenido en líder político, David Alfaro Siqueiros. Victorio Codovila en Argentina y Luis Carlos Prestes en Brasil fueron figuras de renombre. Pero ninguno de ellos estaba a la altura de Mella, cuya importancia era tal que Stalin ordenó su asesinato por motivos que ignoro, pero no por capricho (dime quién te manda a matar y te diré quién eres), ejecutado por el italiano Vittorio Vidali, hitman favorito de la Internacional Comunista, con la complicidad de Tina Modotti, también italiana, fotógrafa a quienes se deben las mejores fotos de Mella, y amante suya y de quien lo mató.

¿Qué hacía Mella en México? Recién llegado a la Presidencia Gerardo Machado, el joven líder entro en conflicto con el áspero general, que ordenó su encarcelamiento. Como protesta, Mella se declaró en huelga de hambre; otro líder estudiantil, Pedro Luis Boitel, hizo lo mismo y de hambre murió. Pero Machado no era Fidel Castro: a los dieciocho días puso a Mella en un barco rumbo a Veracruz. En México se convertiría una estrella naciente del comunismo internacional. Cuatro años después, insisto, Stalin ordenó su asesinato y asesinado fue cuando aún no había cumplido veintiséis años. Cuando tenía esa edad, a nadie se le hubiera ocurrido ordenar la muerte de un tal Fidel Castro.

En fin, que ya la izquierda cubana tenía su héroe y mártir. No uno inventado, sino auténtico. O bien no les bastaba o temían que se supiera quién había ordenado matarlo, de modo que se inventaron otro: Ruben Martínez Villena. Poeta de segunda, político sin talento y con una salud precaria, murió también al poco tiempo, de tuberculosis. Los comunistas cubanos no volverían a tener una figura de relieve hasta que Fidel Castro proclamó su adhesión al marxismo-leninismo.

En 1928 ocurrió un extraño suceso. El talentoso periodista Sergio Carbó, sin filiación comunista conocida, fue invitado a visitar la Unión Soviética. Los comunistas llevaban diez años matando gente, pero ese detalle no pareció interesarle a  Carbó, que regresó a Cuba fascinado. Producto de esa fascinación escribió un breve ensayo que ha sido minuciosamente desaparecido.

Cinco años después de su epifanía soviética, el periodista devenido en efímero líder político era parte de la llamada Pentarquía, un gobierno colegiado copia del Directorio que gobernó Francia después de Robespierre. En su condición de pentarca y sin contar con los otros cuatro, Sergio Carbó ascendió a coronel al sargento Fulgencio Batista y lo nombró Jefe del Ejército. La única explicación que se me ocurre es que el periodista, fascinado con la Rusia soviética, buscaba un jefe militar proletario al estilo de Voroshílov o Chapáiev. Si no era comunista, actuó como si lo fuera. El ejército cubano nunca se recuperaría de aquel desaguisado.

En 1936 comenzó la Guerra Civil en España. Izquierdistas de toda Europa y de las Américas acudieron al rescate de la bien amada República Española. Entre ellos no podían faltar los cubanos. Lo interesante de la participación criolla es, ante todo, su número, que según todas las versiones fluctuó entre mil y mil doscientos hombres. Todos por la República; ni uno sólo por el bando de quienes la combatían. Por cierto, ningún dirigente comunista cubano fue a pelear a España; los mil y pico eran, todos, gente de a pie.

De acuerdo a su población, Cuba fue el país que más combatientes aportó a la Republica. En términos absolutos, sólo Argentina hizo un aporte significativo, unos seiscientos, y los cubanos superaron en número a todos los latinoamericanos juntos.

Un hecho curioso: cuando la República fue finamente derrotada, los republicanos prefirieron a México para sus años de exilio, aunque el aporte de los mexicanos a su causa había sido mínimo si se le compara con el de los cubanos. No es que me queje; comunistas, en Cuba los había de sobra.

Al comenzar la década de los 40’ el Partido Socialista Popular había participado en la Convención Constituyente, contaba con senadores, representante y alcaldes,  y dos de sus dirigentes, Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez, eran Ministros sin Cartera, o sea, sin ministerio, pero con derecho a participar en las reuniones del Consejo de Ministros. Y lo que era más importante: controlaban la Central Obrera y el mayor sindicato del país, el de la industria azucarera. Por esa época, el dirigente comunista Flavio Bravo reclutó a Fidel Castro, o al menos, eso creyó él. En realidad, a ese no lo reclutaba ni Lucifer.

El retroceso que tuvo lugar tras la derrota de la coalición batistiana de la que formaban parte pareció detener el avance de los comunistas. Fue un espejismo. El virus seguía allí, enquistado en el cuerpo de la nación cubana, supervivencia por demás natural si nos atenemos a lo dicho por Winston Churchill: “El socialismo es el credo de la envidia”, dijo Winston  La presencia masiva de la envidia, el peor de los pecados capitales, fue la causa fundamental que promovió el socialismo en Cuba y nos condujo al desastre.