Lomesome Luque


Escrito por Roberto Luque Escalona    Martes, 20 de Junio de 2017 16:06   /Libre

Tan solitario como el primo Adolfo en sus años con el Cincinnati, cuando sus compañeros de equipo no bateaban cuando él lanzaba. Armando Marsans pudo haberlo acompañado, pero se largó cuando le pelaron la paciencia. Podía hacerlo, porque era rico y no necesitaba jugar pelota para vivir. En cambio Adolfo Luque sólo tenía al béisbol. Tan sólo como estaba él en eso que los cubanos llamaban, vaya usted a saber por qué, “el querido Cinci” estoy yo en el periodismo escrito en español. Yo, sólo yo apoyo a Donald Trump.

A mis colegas no parece importarles que América caiga en manos del personaje más deshonesto en la historia política del país. Barack Hussein Obama quedará como el peor de los presidentes, elegirlo y volverlo a elegir fue una muestra de estupidez colectiva casi tercermundista, pero, aunque asociado con algunos delincuentes como el terrorista Bill Ayers, no puede decirse que Obama hubiese cometido delitos, mientras que Hillary Clinton no ha sido llevada a los tribunales únicamente por contar con apoyo presidencial.

No es sólo el uso ilegal e irresponsable del correo electrónico; más grave y criminal aún fue su actuación en torno a la tragedia de Bengazi, lo que se suma a una larga cadena de escándalos que comenzaron en los años 80’, en Little Rock, Arkansas, y que incluyen posibles asesinatos, sin mencionar afirmaciones que no constituyen delitos, pero que la definen como una mentirosa integral. Sin embargo, para mis colegas-paisanos (no hablo de Jorge Ramos ni de Andrés Oppenheimer ni de Jaime Bayly ni de otros extraños con los que nada tengo que ver), el peligro mayor para el país en que vivimos es Donald Trump.

Hace 23 años, cuando llegué de Cuba y escuché la frase “políticamente correcto”, supe que el totalitarismo había llegado antes que yo. Muy bruto hubiera tenido que ser para, después de vivir 32 años bajo un régimen totalitario, no reconocer esa especie de cáncer espiritual. Por eso, cuando Donald Trump lo rechazó, di mi primer paso hacia él.

Luego la emprendió contra los ilegales, esos que tantos llaman “indocumentados”. Como estoy convencido de que la inmigración de mexicanos es nociva, de que viola el derecho inalienable de toda nación a admitir en su territorio a quien estime conveniente, de que un país sin fronteras apenas es un país y de que una nación pierde su identidad cuando a su territorio entran masivamente elementos inasimilables,  acabé afiliándome con la candidatura del rubio magnate.

Por cierto, a algunos parece molestarle que rubio sea. A mi, no; será porque yo también fui rubio antes de que mi pelo se volviera blanco. Hay mucho racismo anti-blanco enmascarado, mucha demagogia racial, nacidos del sentimiento de inferioridad, de la falta de auto-estima. Yo siempre me he sentido cómodo entre americanos; no por mi pelo ni mi piel ni mis facciones, sino porque auto-estima me sobra.

Dejemos a los Luque y volvamos al Donald y a las diatribas que se le dirigen. ¿Payaso? Pamplinas; nadie se ríe de él, nadie se ríe de quien lo asusta. ¿Demagogo? No dice nada que no haya estado hace tiempo en las cabezas de muchos americanos: que el relajo fronterizo es intolerable; que lo políticamente correcto les quita la libertad de expresión que siempre tuvieron, la libertad a la que están acostumbrados; que los blancos de origen europeo, los anglos  y quienes se asimilaron a sus valores, están siendo arrinconados; que a este país, al que tanto se ha acusado de explotar al mundo, se le explota de manera desvergonzada; que no se le respeta; que está siendo llevado a la ruina; que esa ruina les tiene sin cuidado a los magnates que trasladan sus industrias a otros países buscando mano de obra barata; que cuando se llama a una empresa para una queja o una información contesta un tipo desde la India en un inglés que no lo entiende ni Tamakún. Todo eso está en las mentes de millones de americanos; Trump no les inculcó esas ideas.

Luego, las imposibilidades. Es imposible esto, lo otro o lo de más allá; son promesas demagógicas. ¿El muro fronterizo? Imposible construirlo, aunque la frontera con México se extiende por 3,000 kilómetros  y la Muralla China, construida hace cientos de años, recorre 21,000. ¿Y los asiáticos que vienen por avión y se quedan? Imposible controlarlos, aunque tales entradas están registradas en computadora, lo que no ocurre con los que cruzan ilegalmente la frontera con México. ¿Qué vendrían a través de túneles como los del Chapo Guzmán?; eso debe ser un chiste ¿Tomar represalias contra los magnates que se llevan sus empresas al exterior? Imposible, que tales traslados son perfectamente legales y parte de la libre empresa. También es perfectamente legal imponerles altos impuestos aduanales a los productos que envían a América, que sigue siendo el mayor mercado del mundo. ¿Quieren invertir en China? No problem; véndanle a los chinos.

Por último, las acusaciones de predicar el odio. Para prédicas de odio, las de Black Lives Matter, las de los Black Panthers, las de los Black Muslims, la de esos que intentan impedir reuniones de los seguidores de Trump enarbolando banderas mexicanas y vistiendo T-Shirts con el rostro del Che Guevara, las de Al Sharpton y Jeremiah Wright, las de raperos y politicastros que claman por el asesinato de Trump.

¿Cruz? No está mal Cruz. Sobre todo si se le compara con los capitostes del  Establishment republicano, con Graham, Rowe, McConnell, Romney y los otros. Pero, dado a escoger, prefiero a Trump. Que Cruz sea de padre cubano es irrelevante para mí; no es una tacha, pero tampoco un mérito. Lo que no quiero es un candidato digital, de dedo, un “dedazo” a la mexicana.

Al parecer, estoy solo en el ámbito periodístico de habla española y así seguiré hasta noviembre. No me importa. Solo estaba el otro Luque en los Cincinnati Reds y su soledad no le impidió ser champion pitcher.

Roberto Luque Escalona

Este artículo fue publicado el 15 de mayo del 2016. Lo reciclo ahora en saludo a la comparecencia del Presidente Trump en el teatro Manuel Artime, a la que no pude asistir por estar convaleciente de la fiebre amarilla que contraje en mi último viaje a Cuba.