Muerte en la tarde


Escrito por Roberto Luque Escalona    Martes, 27 de Junio de 2017 12:33   /Libre

Tal es el título de un libro de Hemingway sobre las corridas de toros; un libro realmente abarcador, que trata tanto de los toreros como de los toros y sus criadores. Lo leí hace muchos años. Lo recuerdo ahora porque acaba de morir otro torero, y  ya van dos en años consecutivos.

El año pasado, en la plaza de Teruel, Aragón, murió Víctor Barrio. A Iván Fandiño le llegó su hora en una plaza del sur de Francia. En uno y otro caso las cornadas fueron terribles y ninguno de los dos tuvo la menor posibilidad de sobrevivir.

La muerte de Barrio fue saludada con júbilo por unos energúmenos enemigos de la tauromaquia y más animales que los toros. Ahora han guardado silencio ante la de Fandiño; al menos, que yo sepa.

Durante el siglo pasado la Flaca de la Guadaña se llevó a seis matadores. Hablo de toreros estrellas, conocidos de todos los aficionados a la fiesta. De los desconocidos, quién sabe cuántos morirían.

El primero fue José Gómez, Joselito, muerto en 1920 a los 25 años. Dos años después murió Manolo Granero, el más joven en morir, que sólo tenía 20 años. En 1931 el muerto fue Francisco Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana. Granero murió en la misma arena, destrozado por el toro Pocapena; fue algo espantoso, pero peor fue lo de Gitanillo de Triana, cuya agonía duró un mes.

En 1934 la muerte vino por (o como dicen los españoles, “a por”) el celebrado Ignacio Sánchez Mejías, muy conocido por los que no son aficionados a los toros pero sí a la poesía por la elegía que le dedicara García Lorca; de todos, fue  el único que rebasó los 40.

El 28 de agosto de 1947, el mismo día en que mi padre cumplía 50 años, fue herido de muerte Manuel Rodríguez, Manolete; moriría al día siguiente.

Los antibióticos salvaron las vidas de muchos toreros, que en los cuernos de los toros pululan gérmenes patógenos de todo tipo que provocaban infecciones. Entre la muerte de Manolete y la de Francisco Rivera, Paquirri, pasarían 37 años; ambos murieron por hemorragias producto de ruptura de venas y arterias, algo que los nuevos fármacos no podían curar.

Esas muertes fueron en plazas, en corridas oficiales. En 1975, otra grande, Antonio Bienvenida, fue muerto por una vaquilla  durante una tienta, ese torear en los cosos de las ganaderías destinado a que los matadores activos entrenen y los retirados, como era el caso de Bienvenida, recuerden. ¿Nunca han leído la frase “pobres animales indefensos” con que se refieren a los toros los que quieren prohibir las corridas? Ni las vaquillas, hembras de un año, son “animales indefensos”, que una de ellas fue capaz de matar a alguien que había pasado cuarenta años de su vida en los ruedos. Imaginen lo indefenso que será un macho de cuatro a cinco años y mil libras.

Curiosidades: de los seis toreros que mencioné, sólo el valenciano Granero no era andaluz. Los únicos toreros nacidos en el País Vasco cuyo nombre yo puedo recordar son Fandiño, cuya familia es gallega, y nuestro conocido Luis Mazzantini (¿Mazantín? No sé quien es), hijo de un italiano.