Caifás y la KGB de nuevo en La Habana

La reunión en La Habana, entre los líderes de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa Rusa, no tiene nada de ecuménica. Es solo una aglomeración política, afirma el autor de este artículo/Cuba Encuentro

Julio M. Shiling, Miami | 10/02/2016 7:33 am


Para tratar de entender la acción, impía y nauseabunda, de que los cabecillas de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa Rusa se reúnan en Cuba para intentar remendar un divorcio de hace más de novecientos sesenta y un años, podemos remontarnos a un pasado muy lejano del cristianismo y su base fundadora, el judaísmo. Parecería un chiste pensar que Raúl Castro, un tirano que cuenta con una nutrida colección de pecados capitales, igual que el régimen que encabeza, podría ser el anfitrión de tan histórico encuentro. Pero no. Es en serio y definitivamente no es por su encanto, sus dones protocolares o los de su comitiva, como la visita reciente a Francia nos recordó.
José ben Caifás, miembro de la secta judía de los saduceos, fue nombrado sumo sacerdote por el procurador romano de turno y estuvo en ese puesto mucho tiempo, coincidiendo con la vida de Jesús de Nazaret. Las principales facciones del judaísmo en esa época eran los esenios, los fariseos, los zelotes y los saduceos. De éstos, los saduceos eran los más politizados y la política que abrazaban era la de plegarse al poder político dictatorial. Entre los judíos, los saduceos no representaban a la mayoría, pero por su relación estrecha con el cesarismo, tenían una influencia desproporcional. En el Sanedrín, la asamblea judía semiautónoma en la tierra ocupada de Judea, la hegemonía de los saduceos era sólida. Tal era así, que Caifás como sumo sacerdote y líder en el Sanedrín, logró conseguir la sentencia máxima contra Jesús. Los cargos que enfrentó eran políticos.

Si bien el mensaje de Jesús encontró resistencia por parte de todas las sectas del judaísmo (cada una por razones diferentes), las discrepancias con los saduceos fueron más profundas. ¿Qué grande podía ser la motivación de los saduceos encabezados por Caifás para que estos buscaran la muerta de Jesucristo? La pregunta se agudiza más cuando se toma en cuenta que todos eran judíos, viviendo en tierra ocupada por un régimen despótico y foráneo. Tenían desavenencias litúrgicas y de libro. Las diferencias entre las facciones judías eran numerosas e importantes, sin embargo, entre las que más resaltaba eran (1) la visión que tenían de la inmortalidad y (2) sobre la cultura que debía predominar. Los saduceos no creían en la vida después de la muerte material y favorecían la cultura greco-romana sobre la judía.
La prédica de Jesucristo, y luego el cristianismo, se sustentaba en la noción de la supervivencia del alma y la de un orden espiritual superior. La idea platónica de la inmortalidad se expandió geométricamente con la prédica de Jesús y luego se institucionalizó con el cristianismo. La cultura en el Imperio Romano, que abrazó la cultura helénica no-platónica tras la absorción de tierras griegas, chocaba intrínsecamente con la cultura judía y sus tradiciones. Es fácil de ver por qué la visión global que Caifás y los saduceos tenían representaba una contradicción clara a las enseñanzas de Jesús. El poder político en Judea ocupada, para Caifás, ofrecía la alternativa de la viabilidad para el ejercicio de esa visión del mundo. En otras palabras, cuando lo metafísico urge de la acción política, el resultado es la ideología. No importa si el agente de cambio o reforzamiento que posibilita la manifestación de esa ideología sea una dictadura, como lo fue en el caso de Caifás. Eso mismo es ahora en nuestros tiempos, el caso del Papa Francisco.
La selección del lugar en este “reencuentro” coreografiado en el nombre de un ecumenismo, obedece a propósitos políticos e ideológicos y no tiene nada con ver, esencialmente hablando, con la religión. Jorge Mario Bergoglio es un hijo pródigo, integralmente constituido, de la radicalidad tóxica que tomaron del Concilio Vaticano II y luego de eventos como el Consejo Episcopal Latinoamericano de Medellín (1968), la licencia moral para guerrear en el mundo y promover, por vías de un clericalismo rojo, interpretaciones desnaturalizadas del cristianismo y fusionarlas con el marxismo. Que el tiempo le haya dado un lenguaje más templado, obedece a la realidad histórica que el socialismo fracasó y no un cambio de sentimiento.
No se está equivocado al determinar que Bergoglio es un ideólogo altamente politizado que, como Caifás, no le importa con quien tiene que asociarse si eso le avanza su visión del mundo. En la disputa entre la inmanencia versus la transcendencia, el Obispo de Roma claramente inclina su preferencia por la primera. La inmanencia busca lo divino en el mundo material, esa idea peligrosa de tener “el cielo en la tierra”. Su encuentro en Cuba con el Patriarca Cirilio I (o Kirill) de Moscú y de todas las Rusias es un acto de concordancia ideológica.
Vladímir Mijáilovich Gundiáyev, el nombre secular de Cirilio I, tiene un historial, largo y patético, de ser un servidor y apologista del comunismo. En 2008 visitó al tirano Fidel Castro, lo alabó y le concedió la Orden de Gloria y Honor de la Iglesia Ortodoxa Rusa y al tirano II, en ese mismo viaje, le entregó la Orden de San Daniel el Príncipe de Moscú, Primera Clase. Ha sido un defensor recalcitrante del dictador bielorruso, Aleksandr Lukashenko. Algunos periodistas e investigadores, como Tony Halpin de The Times (de Londres), reportaron en 2009 que Cirilio I tenía una conexión con la KGB, un rumor persistente desde 1990. Su patriarcado está lleno de encomios al Estado ruso y el autoritarismo putinista, incluso en casos cuando el tema ha sido la supresión de la libre expresión. En general, se puede concluir decididamente que quien lidera la Iglesia Ortodoxa Rusa hoy es un hijo de Putin.
La reunión en La Habana entre los líderes de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa Rusa, no tiene nada de ecuménica. Es solo una aglomeración política (y de la sucia) e ideológica que busca deconstruir paradigmas y, de paso, aportar al intento de preservar una fiel dictadura comunista. Esto no tiene nada que ver con la aproximación de dos denominaciones que una vez fueron una. Se le seguirá dando caso omiso a lo obvio y lo relativo al titulado tema.
La libertad de culto está, desde que la actual administración norteamericana empezó su política de “descongelamiento” hacia el castrocomunismo, en llamas. Los casos de violación groso a la expresión religiosa se han disparado. Christian Solidarity Worldwide, un grupo de derechos humanos que enfoca su trabajo en la libertad de culto y la defensa de los perseguidos por profesar su creencias religiosas a través del mundo, registraron más de dos mil trescientos casos de violaciones en Cuba en 2015. La dictadura castrista está demoliendo iglesias, arrestando a creyentes, robándose sus pertenencias y propiedades y hostigando a cualquiera que se acerca a estos grupos. Recientemente, arrasaron la iglesia Emmanuel en Santiago de Cuba y encarcelaron a más de doscientas personas. Aunque esto sí tiene que ver con la religión y otros valores fundamentales, será un agravio más que, ni Bergoglio o Gundiáyev, le interesará tocar. La dictadura cubana ha seguido la vieja práctica de los jacobinos de permitir denominaciones que están bajo su dominio de influencia y aplastan a las que no se doblegan.
Es hora que los católicos se den cuenta, lo que muchos ortodoxos rusas ya saben. La religión que tiene primacía en el corazón del Papa Francisco, igual que Cirilio I, es la religión política y no es necesariamente de la variedad democrática. Jorge Mario Bergoglio tiene un prejuicio ideológico, igual que tenía Caifás, que define su escala de valores. De ahí la tolerancia que el Obispo de Roma exhibe hacia el cesarismo de la familia Castro. Nada de imitar a Cristo en eso. Al contrario. Bergoglio y su nuevo compañero en armas de Moscú, están en una misión, pero no es precisamente la de Cristo. Entendiendo esto, es perfectamente congruente que se reúnan en Cuba. ¿Ecuménico? ¡Por favor! Dios está mirando y Él es quien tendrá la última palabra.