A Cuba le hace falta una presidenta


Ja,ja,ja,...ayyyy, pero ja,ja,ja,, ¡Di Tú! Michel Obama quiere enseñar a las niñas en Cuba, y ahora quieren una presidenta, mira chica.... ¿Será Mariela? La crisis de los 90 se resolvió con la del frente, no con la frente, ok. Bahhh, este artículo, puro cuento , puro cuento. MB
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Fue gracias a las mujeres que la crisis de los años 90 no terminó de destruir la estructura social/CubaNet

LA HABANA, Cuba.- En Cuba es una realidad la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, si bien persisten ecos del machismo extendido, por siglos, a lo largo y ancho del continente americano, particularmente en el área geográfica de América Latina y el Caribe. En términos constitucionales la mujer cubana tiene acceso a las mismas oportunidades y remuneraciones que sus colegas varones. Pero en la praxis social el fenómeno se torna mucho más complejo, especialmente porque ser mujer en Cuba no se limita a los roles de trabajadora ejemplar, esposa y madre.

Desde hace algún tiempo, se vuelve con mayor énfasis sobre el hecho de que la natalidad en Cuba ha disminuido drásticamente. Sin embargo, cuando medios nacionales de comunicación deciden abordar las causas de este descenso, colocan en primer lugar los deseos de la mujer cubana de superarse profesionalmente. Para hallar los verdaderos motivos, nada más efectivo que preguntar a las féminas cuya edad oscila entre 22 y 35 años el porqué de no querer tener hijos.
Aunque la mayoría de las mujeres entrevistadas no quisieron revelar su identidad y  algunas solo aportaron su nombre, Victoria Rodríguez –curadora de arte e investigadora– sostiene el interesante juicio de que la maternidad ya ha dejado de ser una cuestión de planificación económica. Esta joven de 28 años no tiene casa propia, razón fundamental que le impide concretar su deseo de tener hijos: “El dinero no es problema. Si yo tuviera mi casa, ya hubiese parido aunque solo contara con mi salario de 400 pesos (16 USD). Cuando tienes un hijo tú luchas más y el dinero aparece. Puedes estar convencida de que por muy mala que esté la cosa tu hijo nunca se acostará sin comer porque tú no lo permitirás”.
El conflicto de Victoria lo es también de muchas mujeres cubanas que –menos aguerridas– están planificando su exilio voluntario para darse la oportunidad de tener una vida donde el problema no sea compartir con un hermano una habitación de 3×3 metros cuadrados. Mientras tanto las madres y abuelas, que en su momento fueron la vanguardia de la revolución, deben soportar que la actual “no-revolución” aleje de sus vidas lo único bueno y verdadero que han amado.
El problema de la emigración como horizonte de las aspiraciones femeninas es que ello podría representar el desmoronamiento de la sociedad cubana. Si la crisis de los años 90 no destruyó definitivamente la estructura social fue porque las mujeres cubanas se inmolaron –en todas las acepciones del vocablo– para proteger a los suyos. Este épico gesto ha sido deliberadamente ignorado por los gobernantes cubanos, quienes debieron haber tenido el valor de reconocer su fracaso político ante la magnitud de un éxodo por mar que arrancó de sus hogares a miles de hijos y nietos. La enorme deuda que el gobierno cubano tiene con esas madres es impagable y acumulativa, pues cada día de supervivencia en Cuba redobla la añoranza, el dolor y la impotencia de las mujeres que perdieron a sus hijos a causa de un yerro político sin precedentes.
Que casi la mitad del parlamento cubano esté constituido por mujeres no significa que tengamos un poder real, pues los rostros de la diplomacia insular son todos masculinos. Basta prestar atención a los discursos de Josefina Vidal (Directora General del Departamento de Estados Unidos del MINREX) para percibir su apocamiento e inseguridad, como quien pone voz a las decisiones de otro. Las mujeres del parlamento cubano son pasivas, temerosas y adictas a la burocracia, ajenas a las penurias de las “federadas de a pie”.
Si el casi 50% de féminas que ocupan cargos en el gobierno sirviera para algo, al menos las almohadillas sanitarias llegarían con puntualidad y calidad a la farmacia. Si esas damas de “arribita” tuvieran poder real para tomar determinaciones, no permitirían que las madres cubanas se desgastaran resolviendo qué poner en la mesa o cómo calzar a sus hijos. Si una sola de esas señoras tuviera el coraje de alzar su voz en asambleas y demás aquelarres para poner el dedo en la llaga, los hospitales maternos en Cuba tendrían mejores condiciones; las canastillas alcanzarían para todas las embarazadas; la fecundación in vitro sería una alternativa para potenciar la natalidad y no un lucrativo negocio en el país de la medicina gratuita; las lesbianas sentirían que el orgullo gay también requiere de su activismo; y las madres –con el derecho que les asiste a sentirse bellas– no tendrían que escoger entre un par de zapatos y la comida de la semana.
El mejor homenaje a las mujeres cubanas, estén donde estén, sería –además de la incondicional admiración que se les profesa–, una disculpa por parte de quienes han arruinado este país. En segundo lugar, bien podría acontecer lo que más de uno anda comentando: ¡a Cuba le hace falta una presidenta, pero que no sea Mariela Castro!