Sin que me ciegue la pasión


He vivido veintiséis años en París, conozco todas las ciudades más importantes de Francia, y una buena parte de los pequeños villagesperdidos de la campiña francesa. He tenido las posibilidades de conocer este país en el que vivo exiliada mucho más de lo que conozco mi propio país. Allá desplazarse era infernal y costaba una fortuna. Así y todo, pude viajar dentro de Cuba en guaguas interprovinciales y trenes, aunque no todo lo que quise. En Francia lo he hecho la mayoría de las veces en los maravillosos TGV y en avión. Estoy amarrada a este país por su historia y por mi historia dentro de la suya. Sé cuán difícil es, el reto siempre será el rigor, y a mí me cuadra el rigor. Por otra parte, mi refugio, mi lengua refugio es el francés. Aprender a hablarlo y a escribirlo me abrió un camino en el que me siento sumamente protegida por los fantasmas luminosos de José María de Heredia, escritor y poeta parnasiano cubano que escribió toda su obra en francés, y que vivió y trabajó administrando la Biblioteca del Arsenal, a pocos metros de mi casa, entre 1901 y 1905, junto a una de sus hijas, Marie de Régnier, quien escribía bajo el seudónimo de Gérard d’Houville, y que casada con Henri de Régnier fue la amante de Pierre Louÿs, con el que tuvo a su único hijo.

La historia de los cubanos en Francia es vasta, y no sólo de los cubanos de buena posición, también hubo músicos que entregaron hasta la última nota por un plato de comida, y otros que triunfaron para después morir pobres en otro país, como fue el caso de Claudio Brindis de Salas Garrido, negro, condecorado con la Légion d’Honneur y con importantes premios de música en París, o el payaso, también negro, Rafael Padilla, más conocido como Chocolat. Para todos ellos, para todos nosotros, como para cualquier exiliado o emigrante, empezar y vivir fuera de su país no es nada fácil. Ser un exiliado del castrismo añade a la tragedia una muy alta dosis de incomprensión y coloca barreras inaccesibles allí donde otros exiliados encontrarán puertas ampliamente abiertas.
Llegué a París un 22 de enero de 1995, mi segunda novela salió editada en Francia el 2 de abril del mismo año. Las reacciones por parte de las autoridades castristas a mis declaraciones en la prensa no se hicieron esperar, y aunque las he comentado antes nunca será demasiado aclarar que en la violencia de esas reacciones está el origen de mi exilio definitivo. Tras ese exilio, muchas de las amistades francesas que había conocido en Cuba me dieron la espalda, algunas de ellas eran diplomáticos que respondían a su gobierno y dependían de su trabajo: mantener las relaciones entre Cuba y Francia. Pero muchas más se mostraron cada vez más solidarios, y de buenas a primeras empecé a recibir mensajes afectuosos de todas partes.
Uno de esos primeros mensajes me llegó a través de Christine L’Homme. Con ella y con Christian Salmon, fundador y director entonces delParlamento Internacional de Escritores, fui invitada a almorzar. Ambos sabían que mi situación en Francia no era evidente. Había llegado con una invitación por tres meses, éramos una familia de tres personas, con una bebé de un año, y sólo yo hablaba francés. Christian Salmon me propuso de inmediato la opción de poder trabajar durante un año en una de las villas refugio del Parlamento. Tendría un apartamento y una mensualidad, debía dedicarme a escribir, pero, eso sí, no podía ir en familia. Respondí, por supuesto, que no podía dejar rezagada a mi familia y mucho menos a mi pequeña hija. Además de que ya había empezado a batirme en París por poner mi documentación en regla y no debía alejarme de mi objetivo. Fue entonces cuando le propuse el nombre de dos escritores cubanos que por aquella época, y dentro de Cuba, habían mantenido una polémica con las autoridades culturales de la isla: Antonio José Ponte y Rolando Sánchez Mejías. Las conexiones telefónicas se hicieron desde mi casa y finalmente Sánchez Mejías fue destinado a Barcelona y Ponte a Lisboa.
El Parlamento Internacional de Escritores se había estrenado hacía apenas dos años, en julio de 1993, tras el asesinato del escritor argelino Tahar Djaout, y el llamado que hicieran sesenta escritores reunidos en Strasbourg, bajo la iniciativa del Carrefour de los Escritores animado por Christian Salmon. El objetivo era crear una estructura sólida para proteger a los escritores víctimas de persecuciones. En su buró ejecutivo estaban Adonis, Breyten Breytenbach, Jacques Derrida, Édouard Glissant, Salman Rushdie, Christian Salmon et Pierre Bourdieu. Durante los años 94-97 fue presidido por Salman Rushdie. En el 2003, después de un controversial viaje a Palestina, el Parlamento Internacional de Escritores se disuelve en beneficio de la Red Internacional de las Villas Refugio y de su revista Autodafé. En ese contexto fue invitado este año a París el escritor y fotógrafo cubano Orlando Luis Pardo Lazo. No pude verlo, pero me he mantenido en contacto con él a través de Twitter y he leído su post sobre los cubanos de Francia y el artículo de Fernando Núñez sobre la intervención de OLPL en la Icorn (Asamblea General de la Red Internacional de Ciudades Refugio).
Cuando hablaba de las barreras que nos encontramos los exiliados para explicar al mundo la situación de Cuba debí haber aclarado que la primera barrera somos nosotros mismos, nuestra incapacidad para comprender ese mundo y situarnos humilde aunque decentemente en ese mundo. Yo misma he sido víctima de esas extrañas situaciones. A eso habrá que añadirle que ciertos contextos de la política francesa están plagados por castrocomunistas. En diversas ocasiones he debido enfrentar a manifestantes comunistas que en plena Bastille enarbolan banderas cubanas con la hoz y el martillo en el lugar de la estrella solitaria. En otras he debido, por ejemplo, desentrañar el enrevesado mensaje de una funcionaria del Partido Comunista francés que trabaja enuna alcaldía dirigida por una alcaldesa socialista cuando me ha consultado sobre su extraña propuesta de elegir a un dudoso opositor cubano como el líder del año (su foto estaría en el frente de la alcaldía durante todo un año), me extrañó, pues habíamos quedado en la última reunión en que serían las Damas de Blanco quienes ocuparían ese lugar tan honorable, dado el último homenaje que yo había promovido y organizado en el 2010. Le pregunté de dónde había sacado, ella (la comunista militante del PCF), ese nombre del tal opositor y me respondió tan pancha que la embajada de Cuba se lo había propuesto. De modo que una funcionaria de la Alcaldía de París se dirige a la embajada castrista para recibir instrucciones sobre el opositor que debiera ser nombrado líder de la oposición cubana por la ciudad de París, y de paso darlo a conocer al mundo entero.
De inmediato saqué en conclusión, gracias a la pericia de dicha funcionaria, que o bien aquel opositor era un falso opositor o también podría ser lo contrario, que la embajada daba su nombre para hundirlo todavía más. Y es que con Cuba nunca se sabe. Nunca sabremos quién es quién. Por supuesto, a eso han contribuido los franceses procastristas y sus historias personales, pero sobre todo los cubanos, también con nuestras propias historias. Destejer para volver a tejer la madeja requiere de mucha modestia y buen tino. Hay que armarse de paciencia, de una gran paciencia e inteligencia para desarmar cada una de las trampas tendidas. No, insisto, este país no es nada fácil. Pero qué país lo es. Y tal vez por eso me he quedado aquí, porque aquí aprendí a vivir la libertad con la severidad que imponen el respeto, el deber y los derechos