Trump, una incógnita para Raúl Castro que lo pone en tres y dos


Por Andres Reynaldo/ El Nuevo Herald
Este es el punto sin retorno del cambio-fraude. Las reglas están claras. Los actores cumplen con sus papeles. La misión ha sido un éxito. El presidente Barack Obama le abrió el mundo a los Castro y los Castro se abrieron al mundo. Sin que nadie se abriera a los cubanos.
La franquicia totalitaria del castrismo alcanza su mayor cotización en el mercado de la opresión mundial. El método para pasar de la democracia a la dictadura (o de la dictablanda a la dictadura) se extiende en el método para pasar de la dictadura sin mercado a la dictadura con mercado. Con los poderes políticos, militares y económicos en manos de la familia de Raúl Castro, el método también enseña el traspaso del mando desde la parentela primaria a la parentela secundaria.

El desmantelamiento de la política de pies secos/pies mojados deja a Raúl todavía en mejor posición de negociación en materia de inmigración. El fin de la excepcionalidad inmigratoria del cubano implica asimismo el fin de su excepcionalidad ideológica. Queda por ver si el cierre de la válvula de escape favorece un aumento de la presión contestataria o el reacomodo oportunista con la dictadura. Es una verdad poética que al cabo de tres generaciones bajo el castrismo los cubanos llevan el terror en el código genético. Y es una verdad, a secas, la autodestructiva y paralizante amoralidad inscrita en su código ético. La fibra cívica del Hombre Nuevo se disuelve en una rapiñadora condición parásita alimentada a dos bandas por la dependencia del Estado todopoderoso y la dependencia de nuestras remesas.
Cuba ya cambió. Raúl ha creado una significativa clase de cuentapropistas orientada a servir a la elite y los extranjeros. Rehenes de una legalidad caprichosa y, como el resto de los cubanos, de la apreciación de la Seguridad del Estado, estos protoempresarios frenan el desarrollo político y dan rostro a la propaganda de una apertura económica. Mientras Obama cena en La Guarida la policía patea a los aguacateros en plena calle. Los grandes negocios van directo a la cúpula, sin que se derrame un centavo. A su vez, los protagonistas de la transición dinástica aguardan en escena; Alejandro Castro en el papel central.
Con un Partido Comunista que jamás ha visto un cisma, con una Asamblea Nacional que jamás escuchó una voz disonante, con una burocracia que paga en obediencia el privilegio de robar, con una genuflexa Iglesia Católica, con una intelectualidad que aun fuera de la ortodoxia exalta la servidumbre, con un colaboracionista sector del exilio, con un aparato represivo que controla desde las sesiones de los ocultistas hasta la alcoba de los generales, Raúl debe estar a punto de darse el lujo de legalizar a una “oposición leal” que traiga al monótono panorama de la esclavitud la novedad de un policía vestido de civil.
En esta ecuación casi perfecta, el triunfo de Hillary Clinton representaba la constante de un esfuerzo de los demócratas destinado a convertir a Cuba en un estado-factoría como Vietnam, garantizando el enriquecimiento y la perpetuidad en el poder de la familia Castro. Sin embargo, ganó Donald Trump. He ahí una incógnita a despejar. De momento, podemos regodearnos en la posibilidad de contemplar el término de una política norteamericana de baja hostilidad hacia la dictadura que no dio resultados desde 1959; y de una política de franco apoyo a la dictadura que tampoco dio resultados desde el 2014.
Lo repito, el cambio-fraude no tiene marcha atrás. Veremos si con Trump puede marchar hacia delante.




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